¿Estar en vela es desvelar o desvelarse? Hay una parábola en el evangelio de Mateo, en ese capítulo increíble en el que imagina el juicio final con las ovejas y los cabritos, en términos de esa cotidianidad que es dar de comer, de beber, o vestir y visitar. En ella propone a dos grupos de mujeres, unas que saben velar y otras que no. Unas que consiguen estar despiertas y otras que se duermen. El texto tiene su aquel. Un grupo se mantiene despierto y el otro se descuida y, al final, se duerme.

Centrémonos en el grupo en vela, en las mujeres que mantienen sus lámparas encendidas a la espera del novio[1]. No son mujeres desveladas en el sentido de descubiertas. Más bien al contrario. Van en grupo, no se distingue a ninguna, ni al autor le importa. Son mujeres en vela, despiertas en medio de la noche.

Tradicionalmente esta parábola ha sido uno de los textos objeto de predicación a la Vida Religiosa… femenina –¿por qué, si es un texto del evangelio se hacen estos distingos de género?– y se les decía a las religiosas que han de ser como las vírgenes más listas –¡ah!, era por eso de las vírgenes por lo que no se aplicaba a los religiosos– que mantienen encendidas sus lámparas esperando al “esposo”, un Esposo al que se identificaba sin duda ninguna con Jesús, pues en un contexto donde predomina el supuesto de que el estado natural de las mujeres es el matrimonio, a las religiosas se las imagina como “esposas”, eso sí, espirituales y del Señor. Lo de los religiosos era otro cantar. Ellos siempre fueron célibes, mientras que nosotras siempre fuimos vírgenes. ¡Hay una diferencia! El caso es que velar, que es un verbo con mucha fuerza, según se mire, quedó reducido a la vela-espera de las mujeres respecto a sus maridos, aunque el esposo en este caso sea excepcional, al tratarse de Jesús, el Señor. Está claro que el texto no se entendió muy bien… y, mucho menos, su función en su contexto.

Las Desveladas entendemos más hondo el verbo velar y, cuando leemos la parábola con ese sentido, todo parece distinto. Nuevo. Hasta subversivo. Velar es hacer vela durante la noche. Es, en primer lugar, un verbo activo. Al verbo esperar hay que añadirle algo que determine si se trata de una espera pasiva o activa, pero el verbo velar es activo; activo del todo. Además, implica hacer algo completamente opuesto a lo que hace el resto de la gente en ese tiempo: estar despiertas, cuando todo el mundo duerme. Estar despiertas y alumbradas cuando predominan el sueño y la oscuridad. Es un grupo que sabe lo que significa velar y no improvisa. Trae el combustible, incluso con repuesto, por si acaso: son mujeres previsoras ante lo imprevisto. Conocen la noche. Saben como hay que estar en ella. La noche de la parábola es un símil de la incertidumbre, pues no saben a qué hora vendrá el que esperan, o lo que esperan. Por eso llevan con ellas lo único que puede combatir la noche y el tedio de la espera: lámparas, aceite y, sobre todo, compañía. En esta vela solo hay una certeza: el novio va a venir. Lo demás es incertidumbre. El grupo que vela afronta la incertidumbre con los recursos que tiene: los mínimos, los suficientes. La parábola termina bien para ellas, pues en un momento determinado de la noche llega el novio y ellas entran a las bodas[2].

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