Jesús Bastante

eldiario.es (13-10-2018)

“Cuando quise hablar con la congregación sobre mi cotización, en 2002, la superiora me colgó el teléfono. Y hasta hoy”. La de Araceli es una de las muchas historias con las que se encuentran exreligiosas que, tras abandonar los hábitos, descubren que su trabajo no existe a efectos laborales y por tanto tampoco existe en el cálculo de su pensión. Que sus años trabajados en colegios, centros sanitarios o como agentes religiosos no han sido cotizados por las órdenes que debían hacerse cargo. Muchas de ellas no preguntan sobre ello hasta que les llega la edad de jubilarse, pero el derecho a reclamar prescribe a los cinco años. ¿Qué sucede? En la práctica, que casi todas las monjas que han abandonado su vocación religiosa no aparecen como trabajadoras. “Nos tratan como a limpiadoras, cocineras, secretarias… pero no nos pagan como tal”, dice Araceli. Las monjas que acaban su vida en la Iglesia nunca se dan cuenta porque su manutención corre a cargo de sus instituciones.

Durante años, Araceli, a punto de cumplir 60 años, trabajó “dando clases de Religión y catequesis”, y también asistiendo a personas con problemas de droga y prostitución. En la localidad venezolana de Mérida llegó a ser secretaria del actual cardenal Porras Cardozo. “Fueron años con momentos muy bonitos, y otros muy difíciles y duros” en los que surgieron algunos escándalos sexuales relacionados con el clero y una denuncia contra el obispo, a quien acusaron de tener dos hijas. Todos los casos fueron desestimados.

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