Trinidad León Martín

Afrontamos un tema que parece “imposible”, pero que no deja de atraernos. Nos aproximaremos a eso que suele llamarse “lo cotidiano”, tratando de mirar a través de la realidad espacio-temporal aquello que denominamos “experiencia de Dios”. Es decir, intentaremos hablar sobre Dios, sobre las huellas que la divinidad va dejando en el día a día de nuestra vida. Se ha escrito mucho sobre cómo se “experimenta” a Dios dentro del prisma de nuestras sensaciones y vivencias, pero seguimos planteándonos el interrogante acerca de este tipo de “experiencia”, que no abarcamos sino que nos abarca. Y es que esta pregunta no tiene una respuesta simple. Si es que la tiene.

Partimos de la idea de que quien se plantea semejante interrogante es creyente, o quiere serlo, o lo es a su pesar… Y, si lo es, ¿en qué Dios cree? Porque se puede creer en Dios o en los dioses… Por otra parte, se dice que vivir es experimentar, llegar a hacerse experto en algo. La vida es un caudal inagotable de experiencias que aprehendemos hasta hacerlas parte de nuestra vida: nos levantamos cada día…, nos acercamos a la inmensidad mirando al cielo…, nos encontramos con la sonrisa de los que nos rodean…, con la mirada que acaricia, o tal vez que corta hasta la respiración… Cosas sin las cuales nadie puede vivir.

La experiencia “de Dios” como experiencia de nuestra condición “religada a Dios”

La experiencia religiosa fundamental es la apertura del ser humano a la raíz de su propia realidad, éste es el presupuesto antropológico de la experiencia religiosa y de la interioridad que ésta conlleva. Decir que la experiencia de Dios posee una dimensión antropológica no significa afirmar que esta experiencia es algo meramente psicológico, porque nadie puede encerrar la inmensidad en la finitud. Todo lo más se tiene una experiencia moral de lo divino, es decir, se vive a Dios desde los gestos, opciones y actitudes que conforman la vida cotidiana.

Nadie ha visto a Dios directamente ni lo ha “experimentado”, excepto aquel que ha venido de Dios, el Verbo encarnado que nos lo ha explicado (cfr. Jn 1,18). Y acogiendo la experiencia del Dios de Jesús podemos cotejar qué cosas de nuestra propia vivencia nos dicen algo acerca de lo divino. Todo creyente inscribe así su propia vida dentro de un horizonte relacional que encierra toda una tradición religiosa en la que las palabras “YHWH”, “Dios”, “Alah”, “Brahman”, cobran significado más allá de la experiencia transmitida por la realidad material.

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