Rosalva Loreto López

 

La existencia de establecimientos monásticos fue tan importante en las ciudades del mundo hispanoamericano que su presencia o ausencia fue un indicador de su esplendor económico y cultural. Su categoría como tal se determinaba a partir de la existencia de una, dos o tres órdenes de predicadores menores, carmelitas o agustinos. El establecimiento de conventos femeninos fue promovido, avalado y auspiciado, en momentos decisivos, por representantes de las órdenes franciscana, dominica, carmelita y agustina. Ellas aportaron elementos de la organización general, jerárquica, espacial y económica que se implantaron y reprodujeron en América. Resulta de particular importancia resaltar las características de la espiritualidad que movió a los mendicantes en Europa para entender a la evangelización como proyecto de colonización, impulsada precisamente por la tradición de la repoblación y reconquista, asociándose este proceso con la expansión gradual de establecimientos mendicantes. Esta política urbanizadora provino pues del campo estrictamente monástico; frailes y monjas formaban un todo con la estructura interior de las ciudades en mutua interacción.

En el Nuevo Mundo, con la llegada de la población peninsular hacia mediados del siglo xvi y con su crecimiento a lo largo del siglo xvii, el grupo dominante se enfrentó a la necesidad de crear instancias en las que se resguardase la castidad y pureza femenina de sus descendientes. Los conventos surgieron de la necesidad de albergar y educar a españolas y criollas que por vocación, orfandad o pobreza no podían o no habían contraído matrimonio. Desde este punto de partida puede enfocarse, al menos bajo seis grandes temas, el estudio de los espacios de reclusión femenina. Todos aspectos diversos que no son sino prolongaciones radiales de una misma problemática.

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