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La caída del Templo: una llamada a la formación

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Joan Chittister

La vida religiosa lleva mucho tiempo en una encrucijada. Muchos de los religiosos de hoy llevan casi toda su vida en esa situación. Ha sido una época apasionante, pero también difícil. No ha sido, sencillamente, un tiempo de reajuste. Los períodos de reajuste son parte normal de la vida. La incertidumbre que agita, en todas partes, a congregaciones y comunidades se debe a las diversas opiniones sobre lo que exactamente necesita reajustarse.

Algunos quieren que las cosas sigan “tan buenas” como les parecían antes del Vaticano II: quieren ministerios prósperos y estables, la aprobación de la gente, un puesto cómodo en la Iglesia y privilegios en la sociedad. Otros, en cambio, quieren que la vida religiosa sea totalmente diferente de lo que fue: quieren libertad, independencia, autonomía y ministerio profesional sin costos ni presiones. Algunos grupos han intentado mantener o dar vida a la vida religiosa preconciliar repitiendo lo antiguo y haciéndolo mejor. Algunos de estos grupos existen todavía y son eficaces, pero su modelo no se ha impuesto.

Otros grupos han realizado una tarea de renovación imponente. Todo lo anterior a 1962 ha sido desempolvado, pintado y vendido como si fuera nuevo. Bajo la cáscara de lo viejo, emergieron horarios, estilos de vida, ministerios nuevos. Los ministerios tradicionales, las antiguas formas de rezar y las situaciones comunitarias fueron sometidos a cambios cosméticos. A pesar de las nuevas formas de vestir y de las nuevas actividades, en el fondo, poco o nada ha cambiado realmente. Ni el cambio de lugar, ni la reconstrucción del pasado, ni un mero sacarle brillo son respuesta en la situación presente. La historia nos avisa de las consecuencias de ambas opciones.

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Vida religiosa: bases para un nuevo comienzo

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Joan Chittister

Revista Con-spirando

La vida religiosa contemporánea se ha visto profundamente afectada por cuatro elementos comunes a todas las instituciones, como entidades sociológicas, en este momento de la historia. La cultura ha condicionado su forma; el feminismo ha centrado su discurso; la inserción en la sociedad ha difuminado su presencia; y la inculturación ha agudizado sus percepciones y ha diversificado sus expresiones. Como consecuencia, la vida religiosa ya no vive fuera del mundo real, como en el pasado, cuando respondía más a patrones medievales que a la teología contemporánea. Ahora, por el contrario, está tan inmersa en el presente que puede quedar oscurecida en la sociedad actual, a no ser que se transforme más en un estímulo que en una sombra.

La vida religiosa ha decaído en todos los momentos de cambio importantes de la historia: pero al mismo tiempo, también ha resurgido en cada uno de los dichos momentos. La dificultad estriba en elegir una de estas posibilidades en lugar de la otra. En épocas de cambio social significativo, algunas personas reaccionan aferrándose al pasado con más fuerza aún, y otras ignorándolo por completo. Nuestra época no ha sido diferente. Durante 25 años, las congregaciones religiosas han tenido que afrontar tanto rígidos conservadurismos como impetuosas revoluciones. Es importante recordar que esos cuatro elementos sociales ya mencionados –la cultura, el feminismo, la inserción y la inculturación– han sido durante mucho tiempo factores sociológicos que han condicionado la eficacia y la orientación de la vida religiosa. El problema consiste en saber qué dimensiones de cada una de estas cuestiones afectan a la vida religiosa, qué necesidades humanas satisfacen y qué aspectos conducen al declive de la vida religiosa, mientras otros contienen semillas de futuro.

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