Magdalena de Bingen

La categoría teológica, mediadora, de la cotidianidad, se expresa en y con el cuerpo. Y el cuerpo, a su vez, es accesible a través de su materia animada (Gn 2,7) y expresiva configurada por el tiempo y el espacio. Comencemos por el tiempo.

Comprendemos esta coordenada vital en términos de historia (pasado, tiempo dilatado) y en términos de experiencia (presente, tiempo inmediato y abreviado). La historia nos habla de continuidad y de cambios, lineales, circulares y en espiral. La experiencia apela a múltiples niveles integrados, en lo que llamamos vida, que son difíciles de medir e incluso de expresar. Habitualmente identificamos el tiempo con la vida, y, aunque no sea exacto, es funcional: nos sirve para entendernos. Ambas dimensiones (tiempo y vida) se encuentran tematizadas de una forma o de otra en las distintas teologías. No existe, estrictamente hablando, una teología del tiempo y, quizás tampoco, una teología de la vida, pero ciertamente el pensamiento teológico se ha ocupado de uno y de otra, directa e indirectamente. Estamos, por tanto, ante unas cuestiones existenciales y tradicionales.

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