Asunción Lavrin (1)

Febrero, 1758: Convento de San Juan de la Penitencia, ciudad de México, Nueva España

Sor María de Jesús Felipa entrega a su padre espiritual el cuaderno donde mensualmente escribe sobre su vida espiritual, prologando el mismo con las siguientes palabras: “Sr. y Pe. mío por sólo obedecer tomo la pluma mas no porque hallo cosa especial que manifestar si sólo mostrar la grande oscuridad de padecen las potencias…”

Durante el resto de ese año se repite puntualmente la entrega, que va desgranando la cotidianidad espiritual y física de sor María Felipa en una letra menuda y relativamente clara, sin puntuación y frecuentemente sin perfecta ilación, pero con un destino fijo: el de desahogar su alma, y en el proceso descubrir el sentido de su vida, ya que dice, “Que al tiempo de escribir todo se serena y sólo tengo libertad de poder manifestar mis aflicciones y conforme lo voy poniendo se descubre en mi alma la luz de lo que voy manifestando…” (f. 14v).

Este diario termina abruptamente a mediados de diciembre, tras 114 páginas (228 folios en recto y verso), en las cuales establece un diálogo intenso con el interlocutor: el confesor, ese “otro” cuyo nombre desconocemos, pero cuya presencia-ausencia es uno de los ejes primarios de este diario. El olvido de éste que he llamado diario espiritual, por falta de mejor alternativa, aprisionó estos once meses de una existencia que hasta ahora ha permanecido anónima por 242 años. Se cumplió así su destino, que fue el de abrir interioridades a la única persona a quien María de Jesús Felipa podía comunicárselas y a quien ella describe “como el que está en lugar de Dios” (f. 8v).

La escritura entre muros y anónima fue el destino de la escritura femenina espiritual en La Nueva España. En el siglo XVII, la presencia silenciada de la pluma femenina se perfila entre penumbras en las obras de cronistas o biógrafos, únicos autorizados por la tradición para sacar letras a la luz. Con la excepción de sor Juana, sólo nos quedan retazos de existencias que, con velos en los rostros, se entrevén o adivinan en cartas, recursos legales, biografías regaladas a confesores e historiadores e, irónicamente, en apretadas líneas de cuadernos de cuentas en los que se invirtieron muchas horas de trabajo anónimo. Es sólo en el siglo XVIII que se llegan a dar a la luz escritos de monjas, siendo los mejor conocidos los de sor María Águeda de San Ignacio.

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(1) LAVRIN, Asunción, “La escritura desde un mundo oculto: espiritualidad y anonimidad en el convento de San Juan de la Penitencia”, Estudios de Historia Novohispana, 22 (2000) pp. 49-75.