La vida religiosa en el futuro

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Sandra M. Schneiders, IHM

Mi tarea, hablar del futuro de la vida religiosa, es tanto la mejor como la peor de las tareas.

Es la mejor porque nadie puede probar que me equivoco en el presente. Es la peor porque nadie puede especular libremente qué significa “el futuro” en nuestro mundo multi-cultural, pluralista, globalizado, amenazado nuclearmente, comprometido en cuanto al ambiente postmoderno, y que cambia caleidoscópicamente a una velocidad vertiginosa. En resumen, es imposible cualquier intento de describir el futuro para aventurar alguna clase de predicción aceptable. De modo que, en lugar de hablar del futuro de la Vida Religiosa, hablaré de la Vida Religiosa en el futuro, cualquiera que sea ese futuro.

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La pregunta sobre D*s y la cotidianidad como categoría teológica

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Magdalena de Bingen

A menudo, bajo capa de condescendiente valoración, las mujeres somos acusadas de estrechez de miras respecto a la realidad y respecto a la propia experiencia religiosa y espiritual. Llamo valoración sesgada y condescendiente a las apreciaciones que alaban en las mujeres una peculiar sensibilidad religiosa, su capacidad para la oración y la vida contemplativa, su predisposición a entrar en relación con la Divinidad. Tras ella se esconde la descalificación y el desprecio. Todavía, no nos engañemos, la objetividad es más valorada que la subjetividad, asociadas, respectivamente, al género masculino y al femenino. Todavía se cree en esa supuesta esencia de lo femenino que parece capacitar cuasi genéticamente a las mujeres para todo lo emocional y difícilmente apresable desde fuera.

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El hábito monástico femenino en Egipto (siglos IV-VI)

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María Jesús Albarrán Martínez

De los elementos que distinguieron a aquellos que decidían consagrar su vida al ascetismo frente al resto de la población, la vestimenta fue una particularidad destacable. Los estudios sobre el hábito monástico masculino han aportado conocimiento sobre la manera en que vestían los monjes, tanto los que habitaban en el desierto como los que se encontraban en comunidades cenobíticas.

El hábito que portaban las mujeres ascetas ha sido mucho menos estudiado, alegándose una falta de documentación sobre el tema. Sin embargo existen testimonios literarios, legislativos, papiráceos o iconográficos que arrojan luz sobre este tema.

Durante los primeros tres siglos de nuestra era el cristianismo trato de asentar las bases de su doctrina y presuponer los dictámenes por los que debían regirse todos aquellos que la practicasen. Los primeros teólogos y autores de tratados cristianos fueron fijando las normas sobre la forma de vida y la apariencia física que debían llevar y tener las vírgenes consagradas a la Iglesia, entre las que se encontraba la vestimenta.

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Naturaleza radical y significado de la vida consagrada

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Sandra M. Schneiders

Cuando vi el tema que me habían asignado me sentí un poco desorientada. ¿Cómo hablar de la “naturaleza radical y del significado” de lo que sea, en poco menos de quince minutos? Además, según el Derecho Canónico la “vida consagrada” comprende no solamente a los Institutos Religiosos, sino también otras formas de vida. Así que, siguiendo el ejemplo del mal siervo en Lucas 16,1-9 de quien Jesús alaba su sagacidad, inmediatamente me puse a trabajar y redacté este artículo fijando dos parámetros para mis reflexiones.

Primero, siguiendo la sugerencia de Mary Maher he decidido limitar mi tema a la Vida Religiosa Apostólica. Segundo, por “naturaleza radical” no me refiero aquí a una esencia platónica formada por “elementos esenciales” inmutables, sino más bien a lo que está en la raíz de la vida religiosa, lo que le es específico y la distingue, incluso sabiendo que puede y debe tomar diversas formas en distintas situaciones históricas.

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Los votos en la nueva eclesiología de la comunión

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Mercedes Navarro Puerto

Una reflexión teológica sobre los votos en la nueva eclesiología de comunión requiere, antes que nada, revisar el supuesto. Una primera razón es que posiblemente no todas/os entendemos lo mismo cuando hablamos de eclesiología y de comunión y conviene explicitarlo. Y, otra, más importante, es la necesidad de preguntar a la vida para que la teología pueda iluminar nuestra fe. De ella, de la vida, por lo tanto, quiero partir.

No entiendo la eclesiología de comunión en oposición a la eclesiología del Pueblo de Dios. Tampoco como una enmienda a los peligros que, presumiblemente, se derivan de ésta. La eclesiología de comunión es la eclesiología del Pueblo de Dios. Pero hay distintas maneras de entender la comunión mirando a los centros sobre los que gira y se acomuna la iglesia. La eclesiología de comunión no tiene por qué rotar necesariamente sobre el gozne jerárquico, de modo que, de oponerse, habría de hacerlo al modelo vertical. Entiendo la eclesiología de comunión como un modelo de iglesia católica, universal por tanto, más horizontal y circular que vertical, a la luz de Mc 3,31-35. Este texto expresa principios de eclesiología de la comunidad a la que se dirige el evangelista inspirados directamente en el modelo propuesto por Jesús[1].

La vida de la iglesia en los últimos años adolece de serios problemas con respecto a la comunión, por eso deseo descubrir a los demonios que la disfrazan de otras cosas; que bajo su nombre introduce una práctica ajena a la comunión evangélica, que es la que suponemos que debe impregnar esta nueva eclesiología. El primer y más terrible demonio es el miedo. Con él se desatan otros dos, el control sobre la libertad y la imposición por la fuerza. Los tres suelen ir juntos, pues se escudan y se refuerzan mutuamente. Al disfraz del miedo, el control y la imposición lo llamamos frecuentemente comunión, de modo que bajo esta palabra se enmascaran otras realidades. No debemos dejarnos engañar, pues detecto demasiados signos en la institución eclesial que evocan a las dictaduras civiles como para aceptar tranquilamente que estamos en una eclesiología de comunión, aunque numerosos discursos lo formulen de este modo. Y es evidente que nadie que se encuentre presionado por un régimen dictatorial puede afirmar que en su institución se vive la comunión. Porque no es posible mantener el espíritu de comunión en una estructura que la ahoga permanentemente.

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