¿Juntas o en comunidad? EL desafío de la comunidad en la vida religiosa de las mujeres (II)

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Blanca de Asís

La colectividad como “mente común”

Los procesos de individuación no son naturales. Su desarrollo comienza con la educación y la formación, continúa con el crecimiento personal y, podemos asegurar, no termina nunca. En la base, se encuentra un fondo de naturaleza de la que es preciso emerger para que cada cual pueda convertirse en ese ser único e irrepetible que es, de hecho, cada individuo. Puesto que la individuación no es natural y debido al peso de la naturaleza en la condición humana, no es de extrañar que esta individuación sea compleja y difícil. Salir y distinguirse del conjunto, de lo común, de la naturaleza, cuya fuerza y cuya evolución se miden en términos de conexiones y de fuertes vínculos cooperativos, es una proeza.

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¿Juntas o en comunidad? EL desafío de la comunidad en la vida religiosa de las mujeres (I)*

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Blanca de Asís

La comunidad es considerada uno de los pilares esenciales, definitorios, de la Vida Religiosa. Esto, no obstante ser verdad, es también una generalización. Conviene matizar que no es igualmente importante para todas las formas de Vida Consagrada ni tampoco tiene y se le da el mismo peso según el género. No tiene el mismo valor ni ocupa el mismo lugar en todos los institutos, órdenes y grupos. Dentro de las mismas órdenes y grupos de vida religiosa la comunidad ha gozado de una flexibilidad real, práctica, que no se suele reconocer por temor a que la pluralidad y la flexibilidad adquieran un valor intrínseco a la definición misma de comunidad y, con ello, a las consecuencias que se pueden derivar.

*Dado el tamaño de este artículo, se irá publicando en partes.

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Comentarios a la ponencia de Sandra Schneiders “La vida religiosa en el futuro”

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Bárbara P. Bucker, MC

La contribución de Sandra Schneiders es rica y sugestiva. Quiero destacar esa riqueza y aportar de mi parte lo que ha surgido en mí, desde el contexto en que vivo la Vida Religiosa.

Considero un verdadero acierto partir del concepto de “mundo” con la variedad de sentidos que tiene el Evangelio de Juan. Este punto de partida nos permite situar la Vida Religiosa dentro de la gran misión fundamental, la del Padre Madre Dios que envía su Hijo al mundo. El dogma de la Encarnación es el de la humanización de lo divino en lo humano de Jesús, por eso la Iglesia puede sintonizar con todo lo humano, porque Dios lo hizo primero con su Hijo.

El destinatario del amor del Padre es el mundo como humanidad amada, pero en este momento de la historia en el que las relaciones humanas se vuelven muy complejas y tienen cada vez más características estructurales. Esto permite situar los votos, –signo de ese amor en Cristo– en el contexto de las estructuras del mundo, económicas y políticas.

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La vida religiosa en el futuro

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Sandra M. Schneiders, IHM

Mi tarea, hablar del futuro de la vida religiosa, es tanto la mejor como la peor de las tareas.

Es la mejor porque nadie puede probar que me equivoco en el presente. Es la peor porque nadie puede especular libremente qué significa “el futuro” en nuestro mundo multi-cultural, pluralista, globalizado, amenazado nuclearmente, comprometido en cuanto al ambiente postmoderno, y que cambia caleidoscópicamente a una velocidad vertiginosa. En resumen, es imposible cualquier intento de describir el futuro para aventurar alguna clase de predicción aceptable. De modo que, en lugar de hablar del futuro de la Vida Religiosa, hablaré de la Vida Religiosa en el futuro, cualquiera que sea ese futuro.

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La pregunta sobre D*s y la cotidianidad como categoría teológica

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Magdalena de Bingen

A menudo, bajo capa de condescendiente valoración, las mujeres somos acusadas de estrechez de miras respecto a la realidad y respecto a la propia experiencia religiosa y espiritual. Llamo valoración sesgada y condescendiente a las apreciaciones que alaban en las mujeres una peculiar sensibilidad religiosa, su capacidad para la oración y la vida contemplativa, su predisposición a entrar en relación con la Divinidad. Tras ella se esconde la descalificación y el desprecio. Todavía, no nos engañemos, la objetividad es más valorada que la subjetividad, asociadas, respectivamente, al género masculino y al femenino. Todavía se cree en esa supuesta esencia de lo femenino que parece capacitar cuasi genéticamente a las mujeres para todo lo emocional y difícilmente apresable desde fuera.

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