Respuesta a los nuevos movimientos en la vida religiosa: una experiencia franciscana

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Ilia Delio, OSF

Cuando el Vaticano II invitó a las congregaciones y órdenes a volver al origen de sus carismas, los Franciscanos descubrieron sus raíces en la tradición del despertar evangélico de la Edad Media. A través de un estudio crítico de textos, los Franciscanos llegaron a identificar su camino de vida como una vida evangélica. Sabemos que ni la oración ni el trabajo definen el corazón de esta vida, más bien esta vida evangélica consiste en vivir como persona en relación. Es una vida centrada en el seguimiento de Jesucristo y en hacer que Cristo viva en el mundo. De aquí que el sentido de la vida no es cómo oramos o lo que hacemos, sino cómo vivimos la experiencia de la presencia de Dios a través de Cristo. Por eso la espiritualidad Franciscana es, ante todo, profundamente secular porque la centralidad de la Encarnación refleja la bondad inherente en el mundo; el mundo no es pobre, sino rico de la bondad de Dios. Nuestro llamado nos pide dar un nombre al bien que existe, identificarse, como hermana o hermano, con lo que hay de bueno, y ayudar a que Cristo nazca como el centro y meta de esta creación.

El deseo de vivir la vida Franciscana de manera evangélica en un mundo tan complejo y global nos llevó a una hermana y a mí a empezar, hace unos años, una nueva vida comunitaria. Nuestra intención no era repetir las antiguas formas de vida religiosa en este mundo nuevo; más bien buscábamos – y buscamos todavía – nuevas formas de relacionarnos con el mundo como mujeres centradas en el Evangelio. Hay varias razones que están al origen de esta búsqueda.

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El papa Francisco y la teología feminista

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Por Ivone Gebara

(Desveladas agradece sinceramente a la autora y a la revista la autorización para publicar este artículo, aparecido en Alternativas: revista de análisis y reflexión teológica, n. 46 (2013), p. 131-156)

AlternativasEl papa Francisco en pocos meses de pontificado ha sido, no solamente un fenómeno mediático sino una especie de catalizador de muchas esperanzas, tal vez hasta demasiadas. En general, podemos percibir también una construcción muy positiva de su imagen. Podemos leer en muchos periódicos y en varios artículos publicados, expresiones que confirman un entusiasmo contagioso. “La esperanza renace en la Iglesia”; “Francisco el papa de los pobres”; “La revolución de Francisco en la Iglesia”; “Francisco el papa de la globalización”, expresiones que indican una expectativa positiva en relación a su pontificado. La mayor parte de los teólogos de América Latina, y creo que de otros continentes, parecen entusiasmados con él y no dudan de hacer previsiones sobre cambios radicales que podrían acontecer. Basta seguir sus envestidas en relación al Banco Vaticano, sus denuncias en relación al lucro y la política de intereses, la reforma de la Curia, para percibir que  algo  nuevo se  está delineando. Cada día es un nuevo día, igual si mantenemos nuestros antiguos hábitos y las sorpresas pueden sorprendernos o decepcionarnos.

Mientras, el buen sentido nos enseña que no podemos esperar que en pocos meses de pontificado, el papa Francisco pro-ponga todas las reformas que diferentes grupos, representando los más diversos intereses, están esperando. La vida de la Iglesia católica romana confirma la complejidad de todas las instituciones religiosas en este siglo y expresa las diferentes cuestiones políticas y económicas en torno a las religiones institucionales. En relación al papa, la diversidad de expectativas se mezcla con insatisfacciones de muchos órdenes, envolviendo prioridades objetivas y subjetivas, expresadas por los diferentes grupos. Todo ello es parte del momento mundial en que vivimos, en el que las manifestaciones y las reivindicaciones de muchos tipos se multiplican diariamente.

En este contexto, el papa podrá hacer algunas cosas, pero no todas las necesarias para el tiempo de ahora y ni todas las cosas que cada grupo espera de él. Además, hasta para establecer aquello que llamamos necesario, estamos inmersos en un mar de deseos y opiniones de lo más variado. En general, lo que parece bueno para la Iglesia como comunidad de creyentes, y lo que es bueno para mí y mi grupo, no siempre se encuentra en la misma línea.

Es en medio de esa compleja situación, en la que voces disonantes se hacen oír, es donde las reivindicaciones de las mujeres también se sitúan. Hablar de mujeres no es hablar genérica-mente de las representantes del segundo sexo, sino de grupos específicos de mujeres que asumieron como una de las misiones de su vida, reinterpretar y vivir la herencia cristiana a partir de nuevas referencias. Tal actitud se intensificó a partir del siglo XX con la percepción más aguda de la complicidad de las religiones en los procesos de dominación y exclusión de las mujeres.

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Las contradicciones de la vida y otros enigmas

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Por Ivone Gebara

“Las contradicciones son la sal de la vida”, dice Benoîte Groult, una feminista romántica francesa. Me parece que tiene razón, y me he dado cuenta de ello en varias situaciones de mi vida cotidiana. Puedo constatar la misma cosa en la vida de la mayoría de las personas con las que convivo. Al contrario de lo que generalmente pensamos, si no fuera por las contradicciones habría poca creatividad en nuestro entorno. Una contradicción es la expresión de la movilidad de la vida, de su dimensión lúdica, de su constante evolución en medio de procesos que a veces son poco comprensibles. Pensar que podemos vivir alejados de las contradicciones sería renunciar a la dinámica misma de la vida o, por lo menos, creer que podemos vivir de una manera siempre estable y coherente. Esto nos llevaría a caer en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes. En la medida en que imaginamos que podemos vivir sin contradicciones, corremos el riesgo de convertirnos en personas sectarias, ingenuas o moralistas. Estamos muy cerca de enjuiciar seriamente la coherencia de todo lo que vemos como contradicciones en los demás o en nosotros mismos. Estas actitudes no nos ayudan a entender nuestras propias contradicciones, y nos hacen creer que podemos vivir sin ellas como si estuviéramos hechos de una naturaleza humana superior o radicalmente diferente.

Si nos falta una visión clara de la complejidad de lo humano es como si nos imagináramos en un mundo de perfección en el cual los enigmas, las paradojas, las situaciones complejas y las contradicciones se pueden evitar; como si pudiéramos imaginar a los seres humanos viviendo en un mundo de coherencia radical, en el cual lo que pensamos y lo que vivimos pudiera identificarse o fundirse totalmente. Sin duda, este mundo tan ordenado nos daría un sentido de seguridad, especialmente en las relaciones humanas, pero no nos estimularía a cambiar, a crear, ni a la búsqueda apasionada de nuevos cambios. Por eso, las contradicciones son “la sal de la vida”, son la ley intrínseca de todos nuestros procesos vitales. Vivimos en ellas y de ellas. Puedo ser feminista y a la vez partidaria apasionada de un sacerdote, de un pastor o de un militar. Puedo ser teóricamente ecologista y a la vez adorar las hamburguesas McDonald’s y no hacer nada por salvar al mundo natural. Puedo amar la libertad, luchar por ella, y a la vez admirar las dictaduras militares fuertes, capaces de administrar las riquezas en beneficio de toda la población. Puedo criticar la religión patriarcal y al mismo tiempo estar inscrita oficialmente en una de ellas. Hay una variedad de posiciones y posturas que forman parte de nuestra vida y que contienen contradicciones internas de diferentes grados y necesidades. Una contradicción es una realidad compleja, tanto en el ámbito social como en el ámbito personal.

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“Experiencias de Dios” en la vida cotidiana

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Trinidad León Martín

Afrontamos un tema que parece “imposible”, pero que no deja de atraernos. Nos aproximaremos a eso que suele llamarse “lo cotidiano”, tratando de mirar a través de la realidad espacio-temporal aquello que denominamos “experiencia de Dios”. Es decir, intentaremos hablar sobre Dios, sobre las huellas que la divinidad va dejando en el día a día de nuestra vida. Se ha escrito mucho sobre cómo se “experimenta” a Dios dentro del prisma de nuestras sensaciones y vivencias, pero seguimos planteándonos el interrogante acerca de este tipo de “experiencia”, que no abarcamos sino que nos abarca. Y es que esta pregunta no tiene una respuesta simple. Si es que la tiene.

Partimos de la idea de que quien se plantea semejante interrogante es creyente, o quiere serlo, o lo es a su pesar… Y, si lo es, ¿en qué Dios cree? Porque se puede creer en Dios o en los dioses… Por otra parte, se dice que vivir es experimentar, llegar a hacerse experto en algo. La vida es un caudal inagotable de experiencias que aprehendemos hasta hacerlas parte de nuestra vida: nos levantamos cada día…, nos acercamos a la inmensidad mirando al cielo…, nos encontramos con la sonrisa de los que nos rodean…, con la mirada que acaricia, o tal vez que corta hasta la respiración… Cosas sin las cuales nadie puede vivir.

La experiencia “de Dios” como experiencia de nuestra condición “religada a Dios”

La experiencia religiosa fundamental es la apertura del ser humano a la raíz de su propia realidad, éste es el presupuesto antropológico de la experiencia religiosa y de la interioridad que ésta conlleva. Decir que la experiencia de Dios posee una dimensión antropológica no significa afirmar que esta experiencia es algo meramente psicológico, porque nadie puede encerrar la inmensidad en la finitud. Todo lo más se tiene una experiencia moral de lo divino, es decir, se vive a Dios desde los gestos, opciones y actitudes que conforman la vida cotidiana.

Nadie ha visto a Dios directamente ni lo ha “experimentado”, excepto aquel que ha venido de Dios, el Verbo encarnado que nos lo ha explicado (cfr. Jn 1,18). Y acogiendo la experiencia del Dios de Jesús podemos cotejar qué cosas de nuestra propia vivencia nos dicen algo acerca de lo divino. Todo creyente inscribe así su propia vida dentro de un horizonte relacional que encierra toda una tradición religiosa en la que las palabras “YHWH”, “Dios”, “Alah”, “Brahman”, cobran significado más allá de la experiencia transmitida por la realidad material.

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Vida y estilo de vida: el cuerpo

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Magdalena de Bingen

La categoría teológica, mediadora, de la cotidianidad, se expresa en y con el cuerpo. Y el cuerpo, a su vez, es accesible a través de su materia animada (Gn 2,7) y expresiva configurada por el tiempo y el espacio. Comencemos por el tiempo.

Comprendemos esta coordenada vital en términos de historia (pasado, tiempo dilatado) y en términos de experiencia (presente, tiempo inmediato y abreviado). La historia nos habla de continuidad y de cambios, lineales, circulares y en espiral. La experiencia apela a múltiples niveles integrados, en lo que llamamos vida, que son difíciles de medir e incluso de expresar. Habitualmente identificamos el tiempo con la vida, y, aunque no sea exacto, es funcional: nos sirve para entendernos. Ambas dimensiones (tiempo y vida) se encuentran tematizadas de una forma o de otra en las distintas teologías. No existe, estrictamente hablando, una teología del tiempo y, quizás tampoco, una teología de la vida, pero ciertamente el pensamiento teológico se ha ocupado de uno y de otra, directa e indirectamente. Estamos, por tanto, ante unas cuestiones existenciales y tradicionales.

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