Mentalidad clerical y religiosas

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Gracia Burgos

Cuando se cambia de estación, sobre todo en los cambios más importantes como los de invierno/verano, estación seca/estación de lluvias, las mujeres solemos hacer limpieza en nuestras casas. Esto ocurre también en los monasterios, conventos y comunidades religiosas. En este ritual se cumplen muchas funciones, pero una de ellas se cuela subrepticiamente hasta que se pone en marcha. Me refiero, lógicamente, a los cambios. Hay algunos suaves, apenas perceptibles, y otros arriesgados y valientes.

En la sociedad dicho ritual se produce en los momentos de cambio o de cruce de épocas, mientras se sale de una y se entra en la siguiente. Las instituciones también lo experimentan, a pesar de las resistencias que ofrecen. Pues bien, en este momento le toca a la institución eclesiástica y eclesial. Estamos en pleno cambio de “estación”. Como en todos los cambios, hay cosas que “no se tocan” y otras que “se dejan para más adelante”. Hay cosas, también, cuyo cambio ni pasa por la imaginación. Una de estas cosas que “no se tocan” es el clero. Es posible que se toque el celibato obligatorio (que ya era hora), pero no parece que le llegue la hora al clero. El celibato obligatorio, además, es para los clérigos diocesanos, no para los clérigos religiosos, para quienes el celibato forma parte del estilo de vida que llamamos Vida Religiosa o Vida Consagrada.

Es buen momento para desclericalizar, como quien deshollina una chimenea o un conducto de aire. Un momento buenísimo. Los asuntos de las mujeres en esta época, una época que puede durar bastante, no parece que se vayan a tocar, de modo que seguiremos trabajando en ellos mediante las vías indirectas. Las religiosas, a diferencia de los religiosos, siempre fuimos laicas, pues la institución eclesiástica no contempla en su estructura más que dos grandes categorías: clero y laicado. En cada gran grupo existen sus grados y diferencias, pero, a la postre, siempre quedan definidas estas dos grandes categorías, que no se mezclan entre sí.

Puesto que las religiosas nunca fuimos clero ni del clero, es hora de que revisemos esas adherencias clericales que nos han acompañado durante siglos confundiéndonos y confundiendo al resto de la comunidad cristiana. Podemos intentar desclericalizarnos, que no es cosa fácil. Comencemos por observar esas adherencias para ir limpiándolas de nuestras instituciones. Descubrirlas y limpiarlas. Nos quedaremos laicas mondas y lirondas. Pero no nos engañemos, pues esta es una tarea difícil y complicada. No hablamos de una limpieza superficial, sino honda, hacia dentro de nosotras mismas, de cada una.

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La escritura desde un mundo oculto: espiritualidad y anonimidad en el convento de San Juan de la Penitencia

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Asunción Lavrin (1)

Febrero, 1758: Convento de San Juan de la Penitencia, ciudad de México, Nueva España

Sor María de Jesús Felipa entrega a su padre espiritual el cuaderno donde mensualmente escribe sobre su vida espiritual, prologando el mismo con las siguientes palabras: “Sr. y Pe. mío por sólo obedecer tomo la pluma mas no porque hallo cosa especial que manifestar si sólo mostrar la grande oscuridad de padecen las potencias…”

Durante el resto de ese año se repite puntualmente la entrega, que va desgranando la cotidianidad espiritual y física de sor María Felipa en una letra menuda y relativamente clara, sin puntuación y frecuentemente sin perfecta ilación, pero con un destino fijo: el de desahogar su alma, y en el proceso descubrir el sentido de su vida, ya que dice, “Que al tiempo de escribir todo se serena y sólo tengo libertad de poder manifestar mis aflicciones y conforme lo voy poniendo se descubre en mi alma la luz de lo que voy manifestando…” (f. 14v).

Este diario termina abruptamente a mediados de diciembre, tras 114 páginas (228 folios en recto y verso), en las cuales establece un diálogo intenso con el interlocutor: el confesor, ese “otro” cuyo nombre desconocemos, pero cuya presencia-ausencia es uno de los ejes primarios de este diario. El olvido de éste que he llamado diario espiritual, por falta de mejor alternativa, aprisionó estos once meses de una existencia que hasta ahora ha permanecido anónima por 242 años. Se cumplió así su destino, que fue el de abrir interioridades a la única persona a quien María de Jesús Felipa podía comunicárselas y a quien ella describe “como el que está en lugar de Dios” (f. 8v).

La escritura entre muros y anónima fue el destino de la escritura femenina espiritual en La Nueva España. En el siglo XVII, la presencia silenciada de la pluma femenina se perfila entre penumbras en las obras de cronistas o biógrafos, únicos autorizados por la tradición para sacar letras a la luz. Con la excepción de sor Juana, sólo nos quedan retazos de existencias que, con velos en los rostros, se entrevén o adivinan en cartas, recursos legales, biografías regaladas a confesores e historiadores e, irónicamente, en apretadas líneas de cuadernos de cuentas en los que se invirtieron muchas horas de trabajo anónimo. Es sólo en el siglo XVIII que se llegan a dar a la luz escritos de monjas, siendo los mejor conocidos los de sor María Águeda de San Ignacio.

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(1) LAVRIN, Asunción, “La escritura desde un mundo oculto: espiritualidad y anonimidad en el convento de San Juan de la Penitencia”, Estudios de Historia Novohispana, 22 (2000) pp. 49-75.

Respuesta a los nuevos movimientos en la vida religiosa: una experiencia franciscana

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Ilia Delio, OSF

Cuando el Vaticano II invitó a las congregaciones y órdenes a volver al origen de sus carismas, los Franciscanos descubrieron sus raíces en la tradición del despertar evangélico de la Edad Media. A través de un estudio crítico de textos, los Franciscanos llegaron a identificar su camino de vida como una vida evangélica. Sabemos que ni la oración ni el trabajo definen el corazón de esta vida, más bien esta vida evangélica consiste en vivir como persona en relación. Es una vida centrada en el seguimiento de Jesucristo y en hacer que Cristo viva en el mundo. De aquí que el sentido de la vida no es cómo oramos o lo que hacemos, sino cómo vivimos la experiencia de la presencia de Dios a través de Cristo. Por eso la espiritualidad Franciscana es, ante todo, profundamente secular porque la centralidad de la Encarnación refleja la bondad inherente en el mundo; el mundo no es pobre, sino rico de la bondad de Dios. Nuestro llamado nos pide dar un nombre al bien que existe, identificarse, como hermana o hermano, con lo que hay de bueno, y ayudar a que Cristo nazca como el centro y meta de esta creación.

El deseo de vivir la vida Franciscana de manera evangélica en un mundo tan complejo y global nos llevó a una hermana y a mí a empezar, hace unos años, una nueva vida comunitaria. Nuestra intención no era repetir las antiguas formas de vida religiosa en este mundo nuevo; más bien buscábamos – y buscamos todavía – nuevas formas de relacionarnos con el mundo como mujeres centradas en el Evangelio. Hay varias razones que están al origen de esta búsqueda.

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El papa Francisco y la teología feminista

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Por Ivone Gebara

(Desveladas agradece sinceramente a la autora y a la revista la autorización para publicar este artículo, aparecido en Alternativas: revista de análisis y reflexión teológica, n. 46 (2013), p. 131-156)

AlternativasEl papa Francisco en pocos meses de pontificado ha sido, no solamente un fenómeno mediático sino una especie de catalizador de muchas esperanzas, tal vez hasta demasiadas. En general, podemos percibir también una construcción muy positiva de su imagen. Podemos leer en muchos periódicos y en varios artículos publicados, expresiones que confirman un entusiasmo contagioso. “La esperanza renace en la Iglesia”; “Francisco el papa de los pobres”; “La revolución de Francisco en la Iglesia”; “Francisco el papa de la globalización”, expresiones que indican una expectativa positiva en relación a su pontificado. La mayor parte de los teólogos de América Latina, y creo que de otros continentes, parecen entusiasmados con él y no dudan de hacer previsiones sobre cambios radicales que podrían acontecer. Basta seguir sus envestidas en relación al Banco Vaticano, sus denuncias en relación al lucro y la política de intereses, la reforma de la Curia, para percibir que  algo  nuevo se  está delineando. Cada día es un nuevo día, igual si mantenemos nuestros antiguos hábitos y las sorpresas pueden sorprendernos o decepcionarnos.

Mientras, el buen sentido nos enseña que no podemos esperar que en pocos meses de pontificado, el papa Francisco pro-ponga todas las reformas que diferentes grupos, representando los más diversos intereses, están esperando. La vida de la Iglesia católica romana confirma la complejidad de todas las instituciones religiosas en este siglo y expresa las diferentes cuestiones políticas y económicas en torno a las religiones institucionales. En relación al papa, la diversidad de expectativas se mezcla con insatisfacciones de muchos órdenes, envolviendo prioridades objetivas y subjetivas, expresadas por los diferentes grupos. Todo ello es parte del momento mundial en que vivimos, en el que las manifestaciones y las reivindicaciones de muchos tipos se multiplican diariamente.

En este contexto, el papa podrá hacer algunas cosas, pero no todas las necesarias para el tiempo de ahora y ni todas las cosas que cada grupo espera de él. Además, hasta para establecer aquello que llamamos necesario, estamos inmersos en un mar de deseos y opiniones de lo más variado. En general, lo que parece bueno para la Iglesia como comunidad de creyentes, y lo que es bueno para mí y mi grupo, no siempre se encuentra en la misma línea.

Es en medio de esa compleja situación, en la que voces disonantes se hacen oír, es donde las reivindicaciones de las mujeres también se sitúan. Hablar de mujeres no es hablar genérica-mente de las representantes del segundo sexo, sino de grupos específicos de mujeres que asumieron como una de las misiones de su vida, reinterpretar y vivir la herencia cristiana a partir de nuevas referencias. Tal actitud se intensificó a partir del siglo XX con la percepción más aguda de la complicidad de las religiones en los procesos de dominación y exclusión de las mujeres.

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Las contradicciones de la vida y otros enigmas

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Por Ivone Gebara

“Las contradicciones son la sal de la vida”, dice Benoîte Groult, una feminista romántica francesa. Me parece que tiene razón, y me he dado cuenta de ello en varias situaciones de mi vida cotidiana. Puedo constatar la misma cosa en la vida de la mayoría de las personas con las que convivo. Al contrario de lo que generalmente pensamos, si no fuera por las contradicciones habría poca creatividad en nuestro entorno. Una contradicción es la expresión de la movilidad de la vida, de su dimensión lúdica, de su constante evolución en medio de procesos que a veces son poco comprensibles. Pensar que podemos vivir alejados de las contradicciones sería renunciar a la dinámica misma de la vida o, por lo menos, creer que podemos vivir de una manera siempre estable y coherente. Esto nos llevaría a caer en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes. En la medida en que imaginamos que podemos vivir sin contradicciones, corremos el riesgo de convertirnos en personas sectarias, ingenuas o moralistas. Estamos muy cerca de enjuiciar seriamente la coherencia de todo lo que vemos como contradicciones en los demás o en nosotros mismos. Estas actitudes no nos ayudan a entender nuestras propias contradicciones, y nos hacen creer que podemos vivir sin ellas como si estuviéramos hechos de una naturaleza humana superior o radicalmente diferente.

Si nos falta una visión clara de la complejidad de lo humano es como si nos imagináramos en un mundo de perfección en el cual los enigmas, las paradojas, las situaciones complejas y las contradicciones se pueden evitar; como si pudiéramos imaginar a los seres humanos viviendo en un mundo de coherencia radical, en el cual lo que pensamos y lo que vivimos pudiera identificarse o fundirse totalmente. Sin duda, este mundo tan ordenado nos daría un sentido de seguridad, especialmente en las relaciones humanas, pero no nos estimularía a cambiar, a crear, ni a la búsqueda apasionada de nuevos cambios. Por eso, las contradicciones son “la sal de la vida”, son la ley intrínseca de todos nuestros procesos vitales. Vivimos en ellas y de ellas. Puedo ser feminista y a la vez partidaria apasionada de un sacerdote, de un pastor o de un militar. Puedo ser teóricamente ecologista y a la vez adorar las hamburguesas McDonald’s y no hacer nada por salvar al mundo natural. Puedo amar la libertad, luchar por ella, y a la vez admirar las dictaduras militares fuertes, capaces de administrar las riquezas en beneficio de toda la población. Puedo criticar la religión patriarcal y al mismo tiempo estar inscrita oficialmente en una de ellas. Hay una variedad de posiciones y posturas que forman parte de nuestra vida y que contienen contradicciones internas de diferentes grados y necesidades. Una contradicción es una realidad compleja, tanto en el ámbito social como en el ámbito personal.

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