Algunas consideraciones sobre la figura de Hildegard von Bingen

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Isabel Torrente Fernández

La figura de Hildegard resulta subyugante por su fuerte personalidad, volumen e importancia de su obra escrita y por su repercusión en campos que, en su tiempo, estaban vedados a las mujeres, por lo que ha sido objeto de varios estudios. Aquí se trata de profundizar en algunos aspectos de su biografía, en pasajes un tanto lacónicos y oscuros, así como en algunos expresivos silencios, ya que hay facetas de Hildegard que quizá resultaron incómodas para la jerarquía tanto laica como eclesiástica de su tiempo y puede interpretarse que sobre ellas se ha ejercido cierta censura. En este aspecto, cabe recordar que su proceso de canonización presenta algunos puntos cuanto menos problemáticos.

En definitiva, se trata también de reflexionar sobre el fenómeno Hildegard en el conjunto de la sociedad renana de la época. Considero que es posible, aunque no establecer con precisión, sí vislumbrar una transmisión de saberes en vía femenina, desde la viuda Uda, maestra de Jutta, la propia Jutta, y luego su discípula Hildegard. Por ello, comienzo por recordar algunos de los elementos de las biografías de Jutta y de Hildegard que, a mi juicio, pueden ser más expresivos.

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En el punto de mira: una reflexión teológica, panorámica, sobre la VR femenina apostólica y la crisis europea de refugiados y emigrantes

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Gracia Burgos

Una de las funciones de la teología es la de interrogar. Interrogar la realidad, interrogar las imágenes y representaciones de la divinidad, interrogar las relaciones entre las dimensiones secular y religiosa. Sin interrogantes la teología no existiría. Y una teología que no se interroga, enseguida queda obsoleta, fuera de la realidad a la que pretende servir. Esta función cuestionadora es (o puede ser) difícil de realizar y antipática de recibir. Con todo, es importante. Más aún: es ineludible.

La llamada “crisis de los refugiados” nos enfrenta a buena parte de la población mundial (no solo a Europa) con una situación sumamente complicada. Es un asunto urgente, porque está en juego la vida de muchos humanos. Es también de medio plazo, porque la urgencia abre posibilidades más lentas y pausadas a medida que se resuelve lo inmediato. Y es de largo plazo, porque dichas posibilidades (como bien muestra la historia) pueden modificar una determinada civilización hasta convertirla en otra diferente. Este tercer plano da mucho miedo.

Hay quienes se quedan en el primero o, como mucho, llegan a ver con cierta claridad el segundo. Y hay quienes ven los diferentes planos y realizan una lectura global, de amplio espectro, integrándolos en un conjunto que no es solo continuidad, ni solo causas y efectos. La percepción visionaria de estas personas puede resumirse así: las oleadas de refugiados y de emigrantes dicen que en este mundo no hay fronteras. Se colocan, así, en la línea de llegada, que es también un punto de partida, pero cualitativamente diferente. Que se están forzando las fronteras, que se derriban pese a que se vuelven a construir, que las necesidades y urgencias pueden con ellas… es algo que ocurre todos los días. Que las fronteras son artificiales, tanto si se refieren al territorio como a los grupos, las etnias, las culturas y las religiones, es una constatación diaria y tema de reflexión desde hace tiempo. En cambio, percibir que estamos ya, de hecho, en un mundo sin fronteras, aunque nos empeñemos en reconstruirlas o en crear otras más sofisticadas, es propio de personas que van y ven más allá, de gente visionaria y profética. En términos teológicos cristianos, e interpretando las Escrituras, esto se traduciría en la afirmación igualitaria de todos los humanos a partir del actor creador divino (Cf. Gen 1,26-27), o en la afirmación moral del amor a los otros, incluidos los enemigos, como primer mandamiento cristiano junto con el amor a Dios (Cf. Mc 12,31). Si lo traducimos en imágenes, ahí están las del profeta Isaías a propósito de la gran mesa a la que Yahveh convoca a todas las naciones (Cf. Is 25,6). Si acudimos a la experiencia de la VR femenina, en las órdenes y congregaciones internacionales es tanto un dato teológico, como un elemento de reflexión teológica. La experiencia no es perfecta, lo sabemos, pero es un dato constatable. Con él tenemos un pie en la tierra para seguir interrogándonos y para cuestionar la realidad actual (y la nuestra) ante esta situación.

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La fidelidad en el tiempo: notas teológicas sobre el uso del concepto en la Vida Religiosa de las mujeres

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Mercedes Navarro Puerto

 

fidelidad_libro(NAVARRO PUERTO, Mercedes. La fidelidad en el tiempo: notas teológicas sobre el uso del concepto en la vida religiosa de las mujeres. Buenos Aires: Editorial Claretiana, 2015)

 

Capítulo 1: Fidelidad en contexto[1]

 

El pasado 7 de septiembre se cumplían 45 años de mi ingreso en la congregación de la que formo parte. Todos los años miro atrás en el tiempo intentando verme en el transcur­so de mi propia historia. En esta ocasión, mi percepción de la temporalidad fue más aguda, y esa pregunta que me asalta a tiempo y a destiempo, de cuando en cuando, comenzó a reso­nar en mí de otra manera: “¿por qué sigo aquí?”. En aquellos momentos apenas me detuve a considerarla, pero al poco volvió la pregunta de manera insistente. Hasta ese momento no recuerdo que entrañara ninguna referencia consciente al valor de la fidelidad. “¿Por qué sigo aquí?” tenía que ver con la pura y simple constatación de seguir, con la perseverancia y la permanencia temporales, con situaciones y con momentos vividos.

Un día, no hace mucho, leí en un pequeño libro de filoso­fía que “la fidelidad introduce la eternidad en el tiempo”. Y, como por arte de magia, muchas cosas que no parecían tener relación entre sí comenzaron a juntarse, desordenadamente te primero, y con un cierto sentido, después. Permanencia, perseverancia y fidelidad aparecían juntas en mi mente, sin por ello confundirse ni intercambiarse. La palabra “fidelidad” apenas ha formado parte de mi vocabulario habitual ni de mi temática teológica ni de mis intereses específicos. Es más, reconozco en ella un regusto a desgastado y viejo, a palabra “talismán”, que no la ha hecho atractiva para mi pensamien­to. Me he sentido más cercana y atraída hacia el campo se­mántico del cambio, sin establecer vínculos (conscientemen­te, al menos) con la fidelidad.

Eso, hasta ahora. De pronto, el concepto, la palabra, el valor han reclamado mi atención como parte de esa frase que la vinculaba al tiempo, la frase que actuó como detonante de mi actividad mental. Luego, conforme he ido pensando y escribiendo, el tema ha ido cobrando más y más importancia y se ha ido abriendo, progresivamente, a relaciones que en principio no había contemplado. Partiendo de mi propia expe­riencia, concreta y puntual, este tema se ha ido desbordando y se ha salido de madre, es decir, se ha ido desarrollando dentro y fuera, a la vez, del marco de la Vida Religiosa de las mujeres. Pero en mi reflexión iré paso a paso. En lo que sigue, el tema irá entrando y saliendo continuamente del contexto de la Vida Religiosa (en adelante VR). Algunos aspectos pue­den ser extrapolables a otros ámbitos y, de hecho, muchos lo son. Otros son propios de este estilo de vida, pero participan de todo cuanto es y parece en este mundo determinado del que forma parte. ­

 

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[1] Desveladas reproduce el capítulo 1 de La fidelidad en el tiempo con permiso de la autora y de la editorial.

Para más información sobre la obra y cómo adquirirla:

http://claretiana.org/internacional/producto/la-fidelidad-en-el-tiempo/

 

Vivir la misión en territorio fronterizo: relectura de la misión en clave profética

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María José Torres Pérez, Ap. C. J.

 

Muchas gracias por invitarme a compartir con vosotras y vosotros estas Jornadas de reflexión. Cuando los compañeros y compañeras de la CONFER me pidieron participar en ellas la verdad es que inicialmente me costó aceptarlo, porque os confieso que al igual que a muchas de vosotras desde hace un tiempo me invade una resistencia muy fuerte a hablar específicamente de la vida religiosa para la vida religiosa.

Después de muchos años de reflexión y búsquedas compartidas, de implicación en pequeños grupos y redes de vida religiosa preocupadas por repensar-se para refundar-se hacer un discurso cuyo objeto sigamos siendo nosotros mismos me deja un tanto insatisfecha.

Muchas de nosotras estamos hartas de análisis que nos siguen dejando en la parálisis y nos sentimos urgidas como dice Casaldáliga a “pensar también con los pies”, porque si no nuestras reflexiones no serán más que un entretenimiento inútil, o una justificación, y como diría Teresa de Jesús “no están los tiempo para tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Creo sinceramente que hoy cobra nueva actualidad una máxima que es necesario sacar del armario de la vida pública: “No se trata sólo de interpretar la historia –y donde decimos historia podemos decir, iglesia, vida religiosa, comunidades, contextos, organizaciones, etc, sino de transformarla”, es decir, de pringarnos en ella, de pasar de la expectación a la implicación, en estos tiempos tan desconcertantes que atravesamos y tan duros especialmente para las vidas de los más empobrecidos y buscadores.

Por eso desde este reto de pensar con los pies me animo a compartir mis reflexiones sobre la misión, consciente también que quizá si aportan alguna novedad sea la del contexto desde el que han sido engendradas y quienes han sido sus parteros y parteras: un proyecto de comunidad intercongregacional de inserción, de vida compartida entre Ursulinas de Jesús, Dominicas de la enseñanza, Apostólicas del Corazón de Jesús, y hermanos hermanas del barrio de Lavapiés de nacionalidades, culturas y creencias muy distintas pero que confluimos en una pasión común: la de ayudarnos a vivir, levantar puentes y no muros y encontrarnos a pie de reciprocidad, pese a las muchas asimetrías que se nos imponen para sentarnos juntos en la mesa de los derechos y la inclusión del Reino.

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El cuerpo en “Las Moradas” de santa Teresa

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Mercedes Navarro Puerto

Hace muchos años escribí mi tesis doctoral de psicología sobre el itinerario del yo alma en Las Moradas de santa Teresa. En ella, entre otras dimensiones, estudié la del cuerpo. Sin embargo, cuando después de más de dos décadas he vuelto a aquel texto en la perspectiva corporal, me ha sorprendido darme cuenta de la complejidad de su sentido. El texto de Teresa es el mismo, pero yo no soy la misma, ni tampoco es idéntica la perspectiva desde la que leo hoy Las Moradas. Por eso, solo me aventuro a ofrecer una aproximación global, diferente a la minuciosa y detallada que hice en mi tesis. Por otro lado, la perspectiva de aquel trabajo era psicológica y, como es lógico, lo era también la metodología empleada. Mis pretensiones en este pequeño texto son bastante más modestas y mi perspectiva es distinta, aunque no excluya la mirada psicológica en algún momento concreto. Pretendo ofrecer y compartir mis observaciones y reflexiones sobre lo que descubro sobre el cuerpo en mi lectura actual de esta obra de Teresa.

En este momento, me doy cuenta de que hablar del cuerpo en el texto de Las Moradas de Teresa de Ávila requiere tomar una decisión sobre el significado del término. Puede parecer fácil, pues da la impresión de que todo el mundo sabe qué quiere decir cuerpo, pero no es sencillo. Todos sabemos que su significado tiene muchas dimensiones. Por citar algunas, “cuerpo” se entiende de un modo diferente en la dimensión del tiempo, según la época, en la dimensión sociocultural, según el contexto, según la cultura, y en la dimensión personal, según cada experiencia biográfica.

Aquí no me voy a ocupar del cuerpo en Teresa, aunque es lógico que en mi aproximación se perciba su personalísima huella. No trataré del cuerpo en Teresa, así como aparece en su biografía ni en el resto de sus obras, pero haré referencia a él, brevemente, en las notas contextuales. Pretendo centrarme en los significados que descubro en el texto de Las Moradas, como ha quedado en sus páginas, consciente de que me sitúo ante un texto escrito hace quinientos años. Lógicamente tengo en cuenta que en el texto queda proyectada mucha de la experiencia corporal de la autora, unas veces expresamente, y la mayoría, de forma inconsciente e implícita.

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