Joan Chittister

La vida religiosa lleva mucho tiempo en una encrucijada. Muchos de los religiosos de hoy llevan casi toda su vida en esa situación. Ha sido una época apasionante, pero también difícil. No ha sido, sencillamente, un tiempo de reajuste. Los períodos de reajuste son parte normal de la vida. La incertidumbre que agita, en todas partes, a congregaciones y comunidades se debe a las diversas opiniones sobre lo que exactamente necesita reajustarse.

Algunos quieren que las cosas sigan “tan buenas” como les parecían antes del Vaticano II: quieren ministerios prósperos y estables, la aprobación de la gente, un puesto cómodo en la Iglesia y privilegios en la sociedad. Otros, en cambio, quieren que la vida religiosa sea totalmente diferente de lo que fue: quieren libertad, independencia, autonomía y ministerio profesional sin costos ni presiones. Algunos grupos han intentado mantener o dar vida a la vida religiosa preconciliar repitiendo lo antiguo y haciéndolo mejor. Algunos de estos grupos existen todavía y son eficaces, pero su modelo no se ha impuesto.

Otros grupos han realizado una tarea de renovación imponente. Todo lo anterior a 1962 ha sido desempolvado, pintado y vendido como si fuera nuevo. Bajo la cáscara de lo viejo, emergieron horarios, estilos de vida, ministerios nuevos. Los ministerios tradicionales, las antiguas formas de rezar y las situaciones comunitarias fueron sometidos a cambios cosméticos. A pesar de las nuevas formas de vestir y de las nuevas actividades, en el fondo, poco o nada ha cambiado realmente. Ni el cambio de lugar, ni la reconstrucción del pasado, ni un mero sacarle brillo son respuesta en la situación presente. La historia nos avisa de las consecuencias de ambas opciones.

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