Joan Chittister

Revista Con-spirando

La vida religiosa contemporánea se ha visto profundamente afectada por cuatro elementos comunes a todas las instituciones, como entidades sociológicas, en este momento de la historia. La cultura ha condicionado su forma; el feminismo ha centrado su discurso; la inserción en la sociedad ha difuminado su presencia; y la inculturación ha agudizado sus percepciones y ha diversificado sus expresiones. Como consecuencia, la vida religiosa ya no vive fuera del mundo real, como en el pasado, cuando respondía más a patrones medievales que a la teología contemporánea. Ahora, por el contrario, está tan inmersa en el presente que puede quedar oscurecida en la sociedad actual, a no ser que se transforme más en un estímulo que en una sombra.

La vida religiosa ha decaído en todos los momentos de cambio importantes de la historia: pero al mismo tiempo, también ha resurgido en cada uno de los dichos momentos. La dificultad estriba en elegir una de estas posibilidades en lugar de la otra. En épocas de cambio social significativo, algunas personas reaccionan aferrándose al pasado con más fuerza aún, y otras ignorándolo por completo. Nuestra época no ha sido diferente. Durante 25 años, las congregaciones religiosas han tenido que afrontar tanto rígidos conservadurismos como impetuosas revoluciones. Es importante recordar que esos cuatro elementos sociales ya mencionados –la cultura, el feminismo, la inserción y la inculturación– han sido durante mucho tiempo factores sociológicos que han condicionado la eficacia y la orientación de la vida religiosa. El problema consiste en saber qué dimensiones de cada una de estas cuestiones afectan a la vida religiosa, qué necesidades humanas satisfacen y qué aspectos conducen al declive de la vida religiosa, mientras otros contienen semillas de futuro.

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