Mercedes Navarro Puerto mc

De un tiempo a esta parte, vengo prestando atención a que en la compleja institución de instituciones que es la Vida Religiosa (o Vida Consagrada) existen dos grandes olas o movimientos que conviven contemporáneamente. La ola de quienes llevan un tiempo observando y reflexionando sobre los modos de este estilo de vida, más que sobre los qué (contenidos) y sobre la cantidad, y la ola de quienes todavía se aferran a los números, descuidando los modos o cualidad de nuestra forma de ser en el mundo y en la Iglesia. Es verdad que cualidad y cantidad no tienen por qué estar separadas, pero en algunos momentos vitales e históricos es necesario elegir dónde poner el énfasis y priorizar una sobre la otra. Para los que todavía nos observan con interés desde fuera de nuestro sistema (en Occidente el interés por la VR femenina es cada vez menor), el punto de partida de sus análisis y diagnósticos sobre nuestra decadencia suele ser el número, la cantidad de “vocaciones” y de “actividades apostólicas” (se supone que “propias”). La ideología de fondo, que conecta con nuestras preocupaciones más hondas, une número con contenido, número con interés o desinterés de otras mujeres, posibles candidatas. Parte, por tanto, de un elemento propio del actual capitalismo neoliberal y patriarcal que confunde y superpone crecimiento y desarrollo e intenta sustituir este por aquel. Para tal sistema, el desarrollo es una función numérica.

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