Gracia Burgos

Una de las funciones de la teología es la de interrogar. Interrogar la realidad, interrogar las imágenes y representaciones de la divinidad, interrogar las relaciones entre las dimensiones secular y religiosa. Sin interrogantes la teología no existiría. Y una teología que no se interroga, enseguida queda obsoleta, fuera de la realidad a la que pretende servir. Esta función cuestionadora es (o puede ser) difícil de realizar y antipática de recibir. Con todo, es importante. Más aún: es ineludible.

La llamada “crisis de los refugiados” nos enfrenta a buena parte de la población mundial (no solo a Europa) con una situación sumamente complicada. Es un asunto urgente, porque está en juego la vida de muchos humanos. Es también de medio plazo, porque la urgencia abre posibilidades más lentas y pausadas a medida que se resuelve lo inmediato. Y es de largo plazo, porque dichas posibilidades (como bien muestra la historia) pueden modificar una determinada civilización hasta convertirla en otra diferente. Este tercer plano da mucho miedo.

Hay quienes se quedan en el primero o, como mucho, llegan a ver con cierta claridad el segundo. Y hay quienes ven los diferentes planos y realizan una lectura global, de amplio espectro, integrándolos en un conjunto que no es solo continuidad, ni solo causas y efectos. La percepción visionaria de estas personas puede resumirse así: las oleadas de refugiados y de emigrantes dicen que en este mundo no hay fronteras. Se colocan, así, en la línea de llegada, que es también un punto de partida, pero cualitativamente diferente. Que se están forzando las fronteras, que se derriban pese a que se vuelven a construir, que las necesidades y urgencias pueden con ellas… es algo que ocurre todos los días. Que las fronteras son artificiales, tanto si se refieren al territorio como a los grupos, las etnias, las culturas y las religiones, es una constatación diaria y tema de reflexión desde hace tiempo. En cambio, percibir que estamos ya, de hecho, en un mundo sin fronteras, aunque nos empeñemos en reconstruirlas o en crear otras más sofisticadas, es propio de personas que van y ven más allá, de gente visionaria y profética. En términos teológicos cristianos, e interpretando las Escrituras, esto se traduciría en la afirmación igualitaria de todos los humanos a partir del actor creador divino (Cf. Gen 1,26-27), o en la afirmación moral del amor a los otros, incluidos los enemigos, como primer mandamiento cristiano junto con el amor a Dios (Cf. Mc 12,31). Si lo traducimos en imágenes, ahí están las del profeta Isaías a propósito de la gran mesa a la que Yahveh convoca a todas las naciones (Cf. Is 25,6). Si acudimos a la experiencia de la VR femenina, en las órdenes y congregaciones internacionales es tanto un dato teológico, como un elemento de reflexión teológica. La experiencia no es perfecta, lo sabemos, pero es un dato constatable. Con él tenemos un pie en la tierra para seguir interrogándonos y para cuestionar la realidad actual (y la nuestra) ante esta situación.

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