Por Ivone Gebara

“Las contradicciones son la sal de la vida”, dice Benoîte Groult, una feminista romántica francesa. Me parece que tiene razón, y me he dado cuenta de ello en varias situaciones de mi vida cotidiana. Puedo constatar la misma cosa en la vida de la mayoría de las personas con las que convivo. Al contrario de lo que generalmente pensamos, si no fuera por las contradicciones habría poca creatividad en nuestro entorno. Una contradicción es la expresión de la movilidad de la vida, de su dimensión lúdica, de su constante evolución en medio de procesos que a veces son poco comprensibles. Pensar que podemos vivir alejados de las contradicciones sería renunciar a la dinámica misma de la vida o, por lo menos, creer que podemos vivir de una manera siempre estable y coherente. Esto nos llevaría a caer en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes. En la medida en que imaginamos que podemos vivir sin contradicciones, corremos el riesgo de convertirnos en personas sectarias, ingenuas o moralistas. Estamos muy cerca de enjuiciar seriamente la coherencia de todo lo que vemos como contradicciones en los demás o en nosotros mismos. Estas actitudes no nos ayudan a entender nuestras propias contradicciones, y nos hacen creer que podemos vivir sin ellas como si estuviéramos hechos de una naturaleza humana superior o radicalmente diferente.

Si nos falta una visión clara de la complejidad de lo humano es como si nos imagináramos en un mundo de perfección en el cual los enigmas, las paradojas, las situaciones complejas y las contradicciones se pueden evitar; como si pudiéramos imaginar a los seres humanos viviendo en un mundo de coherencia radical, en el cual lo que pensamos y lo que vivimos pudiera identificarse o fundirse totalmente. Sin duda, este mundo tan ordenado nos daría un sentido de seguridad, especialmente en las relaciones humanas, pero no nos estimularía a cambiar, a crear, ni a la búsqueda apasionada de nuevos cambios. Por eso, las contradicciones son “la sal de la vida”, son la ley intrínseca de todos nuestros procesos vitales. Vivimos en ellas y de ellas. Puedo ser feminista y a la vez partidaria apasionada de un sacerdote, de un pastor o de un militar. Puedo ser teóricamente ecologista y a la vez adorar las hamburguesas McDonald’s y no hacer nada por salvar al mundo natural. Puedo amar la libertad, luchar por ella, y a la vez admirar las dictaduras militares fuertes, capaces de administrar las riquezas en beneficio de toda la población. Puedo criticar la religión patriarcal y al mismo tiempo estar inscrita oficialmente en una de ellas. Hay una variedad de posiciones y posturas que forman parte de nuestra vida y que contienen contradicciones internas de diferentes grados y necesidades. Una contradicción es una realidad compleja, tanto en el ámbito social como en el ámbito personal.

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