María Victoria Triviño, OSC

«¡Oh venturosa mujer! Juana-fc5c4

Si tus divinas hazañas

se hubieran de reducir

a poemas, no bastaran

cuantos ingenios celebra

con tanta razón España;

quédese a la devoción,

pues que las lenguas no bastan».

Con esta estrofa concluye el gran Tirso de Molina la trilogía que lleva por título «La Santa Juana». Con ella enriqueció de teatro hagiográfico español relatando en verso la historia de una mujer. El mercedario quedó embriagado al respirar el perfume de santidad que en las tierras de La Sagra y en el Imperio todo dejó a su paso Juana Vázquez, sor Juana de la Cruz, la Santa Juana. Y en verdad «no bastaran los ingenios». Tres obras de teatro inspiró a plumas tan notables como Tirso, Cañizares y Quirós. Aparte de los versos que le dedicaran, entre otros, Salas Barbadillo y Lope de Vega.

Del arte en la pastoral de esta mujer, de la copla, el poema y el auto sacramental en sus sermones trata esta comunicación.

Juana nació en Azaña (hoy Numancia de La Sagra) el día 3 de mayo de 1481. «Día de la Cruz de Mayo nació nuestra madre Santa Juana de la Cruz y tomó el hábito y murió». La Cruz fue el signo, doloroso y glorioso, de quien probó los estigmas de la Pasión, padeció persecución y enfermedades, pero también gustó altas y frecuentes experiencias místicas de oración, y fue enriquecida con dones carismáticos extraordinarios.

Fueron sus padres Catalina Gutiérrez y Juan Vázquez, cristianos viejos, labradores de buena posición. La infancia de Juana fue feliz en el hogar familiar. Y esa dichosa y jubilosa naturalidad dieron un encanto peculiar a su vida toda.

Dos veces estuvo a punto de morir, la primera siendo infante. Su madre la encomendó a Santa María de la Cruz e hizo promesa de ir a su ermita a velar una noche, llevando el peso de la niña en cera, si sanaba. Curó la niña al instante, pero no fueron tan puntuales los padres en cumplir la promesa. A los siete años perdió a su madre y quedó al cuidado de su abuela y de la tía materna Domitila, una beata con fama de gran sierva de Dios. Seguía pendiente la promesa a Santa María, y Juana pensaba tomar a su cargo el cumplimiento «Mi padre se descuida en cumplir la promesa, bueno será que me vaya yo a aquella santa casa y me quede en ella para perpetuamente, y así se descargará la conciencia de mi madre».

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