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“Veo lo que necesito: el camino para andar…”

Hna

 En 1938 la Hna. Margarita Zuluaga comenzó su camino dentro de la vida religiosa. A sus 96 años afirma con total decisión: “Yo siento en mí cumplidas las palabras del Evangelio: «El que deja todo encuentra el ciento por uno»”. Vive feliz en Miramonte, la comunidad en Fusagasugá que las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación han destinado para atender a sus religiosas de mayor edad.

Hace más de siete décadas que Margarita salió de El Santuario, un municipio del oriente antioqueño, en donde vivía como parte de una numerosa familia. “Mi papá siempre nos decía: «Yo no era más rico cuando tenía un solo hijo, ni soy más pobre ahora que tengo más de diez. Mi riqueza son mis hijos»”. Al recordar la felicidad que experimentaba en Antioquia junto a sus padres y hermanos, hace suyos unos versos de José María Samper que recita de memoria: “¡Oh! dulces horas de mi contento/ ¿quién las pudiera multiplicar?/ si es un encanto cada momento/ que se desliza bajo mi hogar”. Con todo, dejó a su familia para encontrar un nuevo hogar, nuevas madres y nuevas hermanas dentro de su congregación. Su fidelidad en el camino la ha hecho estar segura de que fue la decisión correcta.

Durante doce años ejerció la docencia. Seis años en Bogotá y otros seis en Cúcuta confirmaron su amor por la juventud, su gusto por el magisterio y su capacidad para acoger tanto el cariño de sus alumnas, como esa alegría que, según ella, llega “hasta la médula”. Más adelante se desempeñó como formadora en las etapas del postulantado y del noviciado, y con el tiempo ocupó nuevos cargos de inmensa responsabilidad dentro de su congregación. Cuando en el 2004 constató que perdía la visión de modo irrefrenable, no dudó pedir que la enviaran al lugar que hoy es para ella “la casa de la verdadera intimidad con Dios”.

Sin miedo

Margarita nunca miró a Miramonte con miedo. Sabía que una vez se uniera a la comunidad se dedicaría a la oración, a hacer alegres a sus hermanas y a una pasión que la ha acompañado desde que realizó estudios en Ciencias Sociales y en Literatura. Aunque no puede ver con plena claridad, su inclinación por la lectura se mantiene viva gracias a la ayuda de su congregación. Diariamente goza de dos momentos fijos, uno en la mañana y otro en la tarde, en los cuales la Hna. Luz Adelia lee en voz alta para ella. “Como yo no puedo ver, no me faltan hermanas muy queridas que me hacen lectura”, dice agradecida. Por otra parte, la Hna. Claudia le consigue en Internet textos sobre la Iglesia, mientras que las hermanas Lucía Inés y Berta Graciela le traen desde Bogotá libros que Margarita ha encontrado de enorme provecho. Entre estos últimos se encuentran Mente abierta, corazón creyente, de Jorge Bergoglio, y Fijos los ojos en Jesús, de Dolores Aleixandre, Juan Martín Velasco y José Antonio Pagola.

Cuando podía ver solía subrayar aquellas palabras que más le llegaban al alma, con el fin de tenerlas presentes en la oración. Ahora que su ceguera ha avanzado, pide a la Hna. Luz Adelia que al momento de leerle repita ciertas expresiones. Entonces, en una hoja, ella misma escribe con letras grandes aquellas frases que alimentan su vida cotidiana. Recuerda unas palabras que tocaron su corazón leyendo a Von Balthasar: “Dejad los caminos al Señor y Él actuará”. Y, en efecto, en ello ha consistido su vida.

Cuando era joven y necesitaba mucho, le pedía más a Dios. Ahora que, según ella, necesita menos, sigue confiando en Él. Le agradece que a sus años conserve la mente tan despejada: “eso suple lo que me falta de ojos y de oídos”. También celebra la sencillez de su habitación: “Mi pieza es como en el Antiguo Testamento del Pueblo de Israel: la tienda del encuentro. Yo en mi pieza me siento como en una pequeña iglesita”. Y claro, da gracias por aquello que considera una de las riquezas más grandes de su vida: su comunidad religiosa, en la cual lo ha encontrado todo, desde lo espiritual, lo afectivo, lo material… “Yo amo a mi congregación con todo el corazón”. Se entiende por qué: La Hna. Margarita lo dio todo por su comunidad y ésta la ha ayudado a continuar con su camino. A un año y medio de celebrar las bodas de diamante de su profesión religiosa ella ve lo necesario: “El camino para andar…”.

Publicado el 08.09.2013
Vida Nueva Colombia