Elena Hernández Martín, op.

Más-que-silencioEn la conversación con la gente que se acerca a la vida religiosa, seguramente os habéis topado con esta incómoda pregunta: “¿Y vosotras, a qué os dedicáis?”. Cuando a mí me hacen esta cuestión, me digo: “¡vaya!, ya están con la pregunta”. Como suelo poner cara de póker, añaden: “¿tenéis colegios, hospitales, cuidáis ancianos,…?”, y les contesto con mi mejor sonrisa: “pues no, no tenemos nada de eso”. El diálogo continúa: “y entonces, ¿qué hacéis?”. Y sigo diciendo: “nuestro carisma es la predicación”, y pienso: “Elena, ahora sí que has metido la pata, como si con esa respuesta entendieran algo, acaso se ha visto alguna mujer en un púlpito o hablando en las plazas…” Entonces aclaro: “bueno, intentamos mostrar a Dios en nuestro trabajo, con nuestra vida en comunidad, nuestra oración…” “¡Ah, vale!”. Como mi respuesta no les suele convencer, vuelven a preguntar: “Y tú, ¿qué haces?”. En este momento de la conversación es cuando me armo de valor y les suelto: “Busco a Dios en el silencio”. Mi interlocutor se suele quedar perplejo y si tiene paciencia conmigo, suele seguir indagando, si no, pasa a otra cosa. Suponiendo que sea uno de ellos, pregunta con educación: “¿cómo?, ¿predicación y silencio?”. “Sí, mira, desde la necesidad que hemos percibido en la gente y en nosotras mismas de espacios de interiorización, silencio, trascendencia y búsqueda de sentido, hemos puesto en marcha un Centro en medio de la ciudad para ello, ¡otra forma de predicar!”…

Desde hace unos años, la provincia de España de nuestra Congregación (Congregación Romana de Santo Domingo) se planteó hacer una oferta de silencio en medio de una gran ciudad como es Madrid. No sé si las que vivís en grandes ciudades, y además tenéis un trabajo profesional y/o otras ocupaciones, habéis experimentado la dificultad de encontrar lugares de quietud y reposo. Las iglesias están cerradas frecuentemente y todos vamos corriendo de un lado para otro. Los reclamos a la dispersión y la exterioridad son continuos… El silencio, siendo una apuesta arriesgada, puede ayudarnos a conectar con nuestro yo más auténtico y con nuestra verdadera naturaleza: la vinculación divina, es decir, que somos hijos e hijas amadas de Dios y de Él venimos. Algo que puede dotar de sentido y plenitud a toda una vida.

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