Colleen Gibson

Colleen-Gibson“Es algo que tiene mucho sentido, ¿no?”. La dulce voz de una productora de radio me dijo por teléfono que nuestra conversación previa a la entrevista había terminado. Era una mujer de mi edad y se refería a una parte de la historia de mi vocación. Para ella, tenía pleno significado que mi sentido de la llamada creciera a medida que se acercaba el final de mis estudios previos a la graduación. “Después de todo”, dijo, “¿Qué podría ser más atractivo para un estudiante de último año que una forma estructurada de vida, la promesa de estabilidad en medio de una transición importante de lavida?”

Sus palabras quedaron flotando en el aire. Yo no estaba muy segura de cómo responder. En mis muchas reflexiones a propósito mi llamada a la vida religiosa, no se me había ocurrido la perspectiva de estabilidad y estructura. Sin embargo, su observación me llevó a considerarsi, tal vezinconscientemente, esto había formado parte de mi valoración de la vida religiosa.

Desde fuera, puede parecer que la vida religiosa ofrece una vida libre de los cambios sísmicos que se viven todos los días en el mundo hoy. Con sus estructuras y el estilo con que se forma a las nuevas hermanas, ¿cómo podría no ofrecer un sentido de estabilidad y continuidad a quienes llegan a ella? Seguramente, el convento debe de ser un refugio frente a los males del mundo, un lugar al que se puede entrar para huir, una huida de las difíciles decisiones y cambios de la vida –esto es lo que mi amiga periodista parecía estar diciendo.

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