Tiempo de inestabilidad

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Colleen Gibson

Colleen-Gibson“Es algo que tiene mucho sentido, ¿no?”. La dulce voz de una productora de radio me dijo por teléfono que nuestra conversación previa a la entrevista había terminado. Era una mujer de mi edad y se refería a una parte de la historia de mi vocación. Para ella, tenía pleno significado que mi sentido de la llamada creciera a medida que se acercaba el final de mis estudios previos a la graduación. “Después de todo”, dijo, “¿Qué podría ser más atractivo para un estudiante de último año que una forma estructurada de vida, la promesa de estabilidad en medio de una transición importante de lavida?”

Sus palabras quedaron flotando en el aire. Yo no estaba muy segura de cómo responder. En mis muchas reflexiones a propósito mi llamada a la vida religiosa, no se me había ocurrido la perspectiva de estabilidad y estructura. Sin embargo, su observación me llevó a considerarsi, tal vezinconscientemente, esto había formado parte de mi valoración de la vida religiosa.

Desde fuera, puede parecer que la vida religiosa ofrece una vida libre de los cambios sísmicos que se viven todos los días en el mundo hoy. Con sus estructuras y el estilo con que se forma a las nuevas hermanas, ¿cómo podría no ofrecer un sentido de estabilidad y continuidad a quienes llegan a ella? Seguramente, el convento debe de ser un refugio frente a los males del mundo, un lugar al que se puede entrar para huir, una huida de las difíciles decisiones y cambios de la vida –esto es lo que mi amiga periodista parecía estar diciendo.

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Más que silencio: una apuesta por el SILENCIO en medio de la ciudad

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Elena Hernández Martín, op.

Más-que-silencioEn la conversación con la gente que se acerca a la vida religiosa, seguramente os habéis topado con esta incómoda pregunta: “¿Y vosotras, a qué os dedicáis?”. Cuando a mí me hacen esta cuestión, me digo: “¡vaya!, ya están con la pregunta”. Como suelo poner cara de póker, añaden: “¿tenéis colegios, hospitales, cuidáis ancianos,…?”, y les contesto con mi mejor sonrisa: “pues no, no tenemos nada de eso”. El diálogo continúa: “y entonces, ¿qué hacéis?”. Y sigo diciendo: “nuestro carisma es la predicación”, y pienso: “Elena, ahora sí que has metido la pata, como si con esa respuesta entendieran algo, acaso se ha visto alguna mujer en un púlpito o hablando en las plazas…” Entonces aclaro: “bueno, intentamos mostrar a Dios en nuestro trabajo, con nuestra vida en comunidad, nuestra oración…” “¡Ah, vale!”. Como mi respuesta no les suele convencer, vuelven a preguntar: “Y tú, ¿qué haces?”. En este momento de la conversación es cuando me armo de valor y les suelto: “Busco a Dios en el silencio”. Mi interlocutor se suele quedar perplejo y si tiene paciencia conmigo, suele seguir indagando, si no, pasa a otra cosa. Suponiendo que sea uno de ellos, pregunta con educación: “¿cómo?, ¿predicación y silencio?”. “Sí, mira, desde la necesidad que hemos percibido en la gente y en nosotras mismas de espacios de interiorización, silencio, trascendencia y búsqueda de sentido, hemos puesto en marcha un Centro en medio de la ciudad para ello, ¡otra forma de predicar!”…

Desde hace unos años, la provincia de España de nuestra Congregación (Congregación Romana de Santo Domingo) se planteó hacer una oferta de silencio en medio de una gran ciudad como es Madrid. No sé si las que vivís en grandes ciudades, y además tenéis un trabajo profesional y/o otras ocupaciones, habéis experimentado la dificultad de encontrar lugares de quietud y reposo. Las iglesias están cerradas frecuentemente y todos vamos corriendo de un lado para otro. Los reclamos a la dispersión y la exterioridad son continuos… El silencio, siendo una apuesta arriesgada, puede ayudarnos a conectar con nuestro yo más auténtico y con nuestra verdadera naturaleza: la vinculación divina, es decir, que somos hijos e hijas amadas de Dios y de Él venimos. Algo que puede dotar de sentido y plenitud a toda una vida.

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Una lucecita en Cité Soleil

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Mauricio Vicent

elpais.com, 3 de junio de 2014

 

Una-lucecitaEl centro que regenta Sor Milagros en el peor suburbio de Puerto Príncipe da educación a mil niños y atiende cada año a cientos de pequeños desnutridos

Lo dice todo el que conoce la historia de violencia y pobreza extrema de Cité Soleil: no deje de ir a ver lo que hacen allí las Hijas de la Caridad de San Vicente Paul. Si uno no comulga mucho con la fe, como es el caso, puede darle pereza. Pero enseguida entiendes que estas monjas son de armas tomar y que la labor social que realizan es extraordinaria. Para empezar, no es fácil encontrar un cristiano con vehículo que se atreva a cruzar las calles polvorientas de este miserable suburbio de Puerto Príncipe, el más pobre de la capital más pobre de América Latina y del hemisferio occidental. Aquí malviven 300.000 personas hacinadas en chabolas hechas de tablones, barro y techos de zinc, auténticos hornos malayos cuando aprieta el sol, y la mayoría carecen de electricidad, agua y letrinas, sin contar con que el 75% de los jóvenes que las habitan no poseen empleo pero sí machetes y pistolas.

 “Yo ya estoy acostumbrada… Pero la verdad es que no son muchos los que quieren venir por aquí”, admite Sor Milagros tras abrirse el portón del centro que regenta en el epicentro de este infierno, que el terremoto de 2010 inflamó más todavía. Ya no hay tantos asesinatos y balaceras como antes, cuando la locura se instaló en Haití tras la partida del expresidente Jean Bertrand Aristide, en 2004, pero Cité Soleil sigue siendo dinamita. “La gente aquí no tiene nada, sólo hambre y pocas formas de buscarse la vida”, asegura la hermana.

Milagros se apellida Caballero y es de Valladolid. Acaba de cumplir 80 y la mitad de su vida la ha pasado en Cité Soleil.

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Monjas con tirón mediático

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María-Paz López

La Vanguardia.com

Religiosas con nombre y apellidos ganan cada vez más protagonismo en los medios

Con hábito o sin él, pero cargadas de argumentos, en los últimos tiempos las religiosas se han hecho un hueco en los medios de comunicación, que las solicitan para entrevistas y debates. Están asimismo cada vez más presentes en conferencias y simposios, también del ámbito civil. Son monjas con nombres y apellidos, y con discurso propio, que proyectan una imagen novedosa de la Iglesia católica que los medios, reflejo al fin de la sociedad, juzgan interesante para sus audiencias.

Religiosas como la benedictina de Montserrat Teresa Forcades, la dominica Lucía Caram o la teresiana Viqui Molins han cosechado notoriedad por motivos diversos, como también la bloguera Gemma Morató (dominica de la Presentación) o la tuitera Xiskya Valladares (religiosa de Pureza de María), entre otras.

Diversos elementos confluyen en el interés de los medios por estas mujeres de Iglesia, a juicio del claretiano Màxim Muñoz, presidente de la Unió de Religiosos de Catalunya (URC). “Son mujeres religiosas que rompen el tópico de mujeres sumisas y alejadas del mundo –arguye–. Se presentan como mujeres muy libres y comprometidas, especialmente con los sectores más desfavorecidos de la sociedad, con un punto de crítica y de denuncia social y también eclesial”. Otro ejemplo palmario: la carmelita misionera Brígida Moreta ha promovido en internet la aplaudida iniciativa #apartheidsanitariono, contra el plan del Gobierno del PP de dejar sin tarjeta sanitaria a los inmigrantes en situación irregular.

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Hna. Margarita Zuluaga

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www.vidanueva.co

“Veo lo que necesito: el camino para andar…”

Hna

 En 1938 la Hna. Margarita Zuluaga comenzó su camino dentro de la vida religiosa. A sus 96 años afirma con total decisión: “Yo siento en mí cumplidas las palabras del Evangelio: «El que deja todo encuentra el ciento por uno»”. Vive feliz en Miramonte, la comunidad en Fusagasugá que las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación han destinado para atender a sus religiosas de mayor edad.

Hace más de siete décadas que Margarita salió de El Santuario, un municipio del oriente antioqueño, en donde vivía como parte de una numerosa familia. “Mi papá siempre nos decía: «Yo no era más rico cuando tenía un solo hijo, ni soy más pobre ahora que tengo más de diez. Mi riqueza son mis hijos»”. Al recordar la felicidad que experimentaba en Antioquia junto a sus padres y hermanos, hace suyos unos versos de José María Samper que recita de memoria: “¡Oh! dulces horas de mi contento/ ¿quién las pudiera multiplicar?/ si es un encanto cada momento/ que se desliza bajo mi hogar”. Con todo, dejó a su familia para encontrar un nuevo hogar, nuevas madres y nuevas hermanas dentro de su congregación. Su fidelidad en el camino la ha hecho estar segura de que fue la decisión correcta.

Durante doce años ejerció la docencia. Seis años en Bogotá y otros seis en Cúcuta confirmaron su amor por la juventud, su gusto por el magisterio y su capacidad para acoger tanto el cariño de sus alumnas, como esa alegría que, según ella, llega “hasta la médula”. Más adelante se desempeñó como formadora en las etapas del postulantado y del noviciado, y con el tiempo ocupó nuevos cargos de inmensa responsabilidad dentro de su congregación. Cuando en el 2004 constató que perdía la visión de modo irrefrenable, no dudó pedir que la enviaran al lugar que hoy es para ella “la casa de la verdadera intimidad con Dios”.

Sin miedo

Margarita nunca miró a Miramonte con miedo. Sabía que una vez se uniera a la comunidad se dedicaría a la oración, a hacer alegres a sus hermanas y a una pasión que la ha acompañado desde que realizó estudios en Ciencias Sociales y en Literatura. Aunque no puede ver con plena claridad, su inclinación por la lectura se mantiene viva gracias a la ayuda de su congregación. Diariamente goza de dos momentos fijos, uno en la mañana y otro en la tarde, en los cuales la Hna. Luz Adelia lee en voz alta para ella. “Como yo no puedo ver, no me faltan hermanas muy queridas que me hacen lectura”, dice agradecida. Por otra parte, la Hna. Claudia le consigue en Internet textos sobre la Iglesia, mientras que las hermanas Lucía Inés y Berta Graciela le traen desde Bogotá libros que Margarita ha encontrado de enorme provecho. Entre estos últimos se encuentran Mente abierta, corazón creyente, de Jorge Bergoglio, y Fijos los ojos en Jesús, de Dolores Aleixandre, Juan Martín Velasco y José Antonio Pagola.

Cuando podía ver solía subrayar aquellas palabras que más le llegaban al alma, con el fin de tenerlas presentes en la oración. Ahora que su ceguera ha avanzado, pide a la Hna. Luz Adelia que al momento de leerle repita ciertas expresiones. Entonces, en una hoja, ella misma escribe con letras grandes aquellas frases que alimentan su vida cotidiana. Recuerda unas palabras que tocaron su corazón leyendo a Von Balthasar: “Dejad los caminos al Señor y Él actuará”. Y, en efecto, en ello ha consistido su vida.

Cuando era joven y necesitaba mucho, le pedía más a Dios. Ahora que, según ella, necesita menos, sigue confiando en Él. Le agradece que a sus años conserve la mente tan despejada: “eso suple lo que me falta de ojos y de oídos”. También celebra la sencillez de su habitación: “Mi pieza es como en el Antiguo Testamento del Pueblo de Israel: la tienda del encuentro. Yo en mi pieza me siento como en una pequeña iglesita”. Y claro, da gracias por aquello que considera una de las riquezas más grandes de su vida: su comunidad religiosa, en la cual lo ha encontrado todo, desde lo espiritual, lo afectivo, lo material… “Yo amo a mi congregación con todo el corazón”. Se entiende por qué: La Hna. Margarita lo dio todo por su comunidad y ésta la ha ayudado a continuar con su camino. A un año y medio de celebrar las bodas de diamante de su profesión religiosa ella ve lo necesario: “El camino para andar…”.

Publicado el 08.09.2013
Vida Nueva Colombia
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