por Eric Lombardo Lemus

Revista FACTum.com

 

El 2 de diciembre de 1980, agentes del gobierno salvadoreño asesinaron a cuatro religiosas estadounidenses de quienes sospechaban que colaboraban con la insurgencia. La orden Maryknoll, a la que pertenecían las mujers, elevó la denuncia internacionalmente y Washington presionó suspendiendo temporalmente la ayuda militar a El Salvador. Los hechores materiales fueron juzgados, pero el alto mando permaneció intacto. La guerra civil salvadoreña apenas iniciaba y el entramado del silencio le sobreviviría.

La noche del 1 de diciembre de 1980, al concluir el retiro espiritual de la orden Maryknoll en Diriamba, Nicaragua, Ita Ford rezó para decidir si volvía o no a El Salvador. En su mente todavía pesaba el recuerdo de su primera compañera, Carol Ann Piette, quien había fallecido frente a sus ojos el 23 de agosto en un trágico accidente y por el que acabó en una casa de retiro espiritual en suelo nicaragüense.

Rezó y meditó un largo rato antes de anunciar su retorno al trabajo que realizaba en Chalatenango. Ita sufría ese choque de trenes entre su obligación misionera y el dolor, el remordimiento por su compañera muerta, y el miedo. Una noche más tarde, a su arribo al aeropuerto internacional en Comalapa, cuatro guardias nacionales al mando del subsargento Luis Antonio Colindres Alemán torcerían el rumbo de su vida.

Ita Catherine Ford había ingresado a El Salvador por primera vez junto a Carol para incorporarse al trabajo que el arzobispado de la Iglesia católica ejecutaba en el departamento de Chalatenango. La idea era paliar el impacto que los campesinos sufrían debido a las incursiones del ejército en busca de los primeros focos de los incipientes grupos guerrilleros.

La vida en el campo era insegura y la población rural prefería emigrar y abandonar las tierras antes que perder la vida.

«No fue fácil asignarlas», recuerda Fabián Amaya, ex-vicario departamental de Chalatenango: «ellas querían trabajar donde se necesitara ayuda pese a que era peligroso».

Amaya, quien recién finalizaba su formación eclesiástica en la Pontificia Universidad de Comillas con estudios de publicidad y radio en la Universidad de Madrid, recuerda el manejo tendencioso de la información al que recurría el ejército para estigmatizar el trabajo pastoral.

«La Iglesia católica salvadoreña era el centro de las sospechas. El ejército no podía tolerar que los religiosos se relacionaran con los refugiados y los desplazados oriundos de las zonas en conflicto. Desde el punto de vista estratégico, los militares siempre fustigaron aquel contacto porque consideraron que los desfavorecía pues decían que los campesinos eran el primer eslabón de los rebeldes», recuerda Amaya.

El ejército también tenía claro que a falta de un enemigo con uniforme debía buscarlo entre aquellos que lo parecieran. Esa era la lógica del conflicto entonces.

Las monjas de Maryknoll lo sabían, pero aun así continuaron.

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