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El arte de Hildegarda de Bingen (o Dios, el Artista)

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Azucena Adelina Fraboschi

Hildegarda de Bingen (abadesa benedictina alemana, s. XII) es una interesantísima figura, tanto por su vida cuanto por su multifacética obra.

De esta obra haré tan sólo referencia a las que se conoce como una trilogía: Scivias (Conoce los caminos del Señor, 1141-51), Liber meritorum vitae (El libro de los méritos de la vida, 1158-63) y Liber divinorum operum (El libro de las obras divinas, 1163-74). Las tres recogen las visiones de la Sibila del Rin en torno a diversos temas, pero la primera y la tercera incluyen, además, bellísimas pinturas que aparecen como el medio de transmisión de los contenidos, y no sólo como una ilustración. Son, además, imágenes provenientes de diversos sentidos, riquísimas y muy elaboradas. El manuscrito de Scivias contiene treinta y cinco dibujos; el Liber divinorum operum, al que pertenece la pintura a que haremos referencia, presenta diez dibujos cuyas características difieren de aquéllos, debido en parte a las circunstancias de su producción. Pero todos ellos están referidos al texto, al que se subordinan.

En efecto, en Scivias Hildegarda habría bosquejado las líneas y los colores en el momento mismo de la visión, en sus tabletas de cera, al tiempo que dictaba el texto a su secretario Volmar. Luego, en otro tiempo, en el scriptorium de la abadía y con una mayor elaboración, se habría trabajado sobre pergamino, con otras dimensiones y otra ubicación en la página. Las formas geométricas no son regulares, no denotan el uso del compás o de la regla. Los colores son azul, verde, púrpura, rojo, según menciona el texto de las visiones, a los que se añaden otras tonalidades. Se destaca en Scivias el uso del color plata y el oro bruñido (III.1.2; 2; 3.1; 5; 13): extrañamente, porque la plata apaga, Hildegarda intenta representar también con el color plata la luz divina resplandeciente. Los dibujos son muy detallistas, sobre todo en las figuras. Y son a veces muy extraños. Los grotescos e híbridos que se encuentran en sus obras no reconocen precedentes. Así en III.11 –la Iglesia invadida por el Anticristo–, aparece en la parte superior una mujer orante coronada (la Iglesia), fusionada con un torso lleno de escamas, una monstruosa máscara genital “con ojos ardientes y orejas como de asno, y fosas nasales y boca como de león” y piernas desnudas sangrantes. Era común representar de tal suerte al demonio, pero ella aquí está figurando a la Iglesia, bien que acosada por la fornicación, la rapiña y otros vicios. También trató con criterio personal las formas arquitectónicas. En algunas pinturas hay como un plano, con murallas indicadas por líneas o por almenas. Las torres y las murallas almenadas pueden extenderse en todas direcciones (III.2), e incluso exceder el marco de la pintura, presentando ángulos que se interrumpen; las figuras pueden hallarse en posición invertida, cabeza abajo (III.3.1).

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