Santa Teresa, entre pasión y razón

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Clara Janés

Corrían tiempos en que aún había eruditos y médicos que se preguntaban si la mujer era “un ser humano”, cuando Teresa de Ávila, con tanta pasión como claridad intelectual emprendió la reforma del Carmelo. La niña que a los siete años intentó partir a tierras de moros con su hermano Rodrigo para sufrir martirio, demostró el mismo ímpetu cuando tras ingresar en la orden, de tanta oración y penitencia, cayó enferma, entró en coma profundo y estuvo amortajada y en sepultura abierta tres días enteros, y luego tres años sin poder andar. Pero una vez recuperada, sin desterrar el entusiasmo, desarrolló su contrapeso: la visión objetiva.

Estos dos aspectos, pasión y razón, unidos a una honradez orientada hacia la verdad, son los puntales en que se apoyaron su personalidad, sus actos y sus escritos. Así, dentro del Carmelo, fue despojando situaciones e ideas de falsos ropajes para que algunas cosas quedaran en su sitio; desenmascaró costumbres engañosas y se atrevió a escribir y comentar textos que podían poner en peligro su persona (la Inquisición estaba al acecho). Todo ello hace que sus obras estén vivas y nos transmitan a la vez su fuerte carácter y el pulso de la época.

Dejando a un lado los poemas, en general de raigambre popular y que sabemos eran improvisados, cantados e incluso bailados, en el resto de su producción literaria podemos diferenciar, por un lado, los libros que contienen relato autobiográfico, como la Vida, los que van claramente dirigidos a la comunidad de religiosas, y aquellos en los que cuenta su experiencia interior. Estos dos últimos grupos nos descubren tanto el entusiasmo como la inteligencia de la santa y sus grandes dotes psicológicas que propiciaron el consejo y la enseñanza y le permitieron descubrir los abismos místicos. Entre otros libros, podemos destacar por un lado Camino de perfección, y, por otro, las Meditaciones sobre los Cantares y las Moradas del castillo interior.

Leer texto completo en el siguiente enlace:

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/27/actualidad/1427485075_973586.html

Teresa de Jesús, más allá de la mística

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Tereixa Constenla

Teresa-de-Jesús,-más-allá-dA Teresa de Jesús (Ávila, 1515-Alba de Tormes, 1582) se la venera mucho y se la lee poco. Hay huellas de lo primero en el millar de conventos de su orden (carmelitas descalzas) abiertos por todo el planeta y en el despiece de su cuerpo, casi también planetario.

Sus restos viajaron de Alba de Tormes (el corazón: extirpado para comprobar si la flecha mística había dejado huella) a Roma (un pie), sin olvidar la mano que Franco acogió en su intimidad para incomodidad de las carmelitas de Ronda que, cada año, desde 1939 hasta 1975, le escribían dos cartas para preguntar cuándo les devolvería la reliquia. “Está totalmente dispersa. El día de la Resurrección final necesitará más tiempo que el resto”, ironiza Juan Dobado, director del Museo de San Juan de la Cruz, doctor en Historia del Arte y carmelita descalzo.

Pero Teresa de Cepeda y Ahumada fue también la autora de la primera autobiografía real escrita en lengua vulgar (Libro de la vida), una escritora autodidacta capaz de impresionar a un catedrático de la Universidad de Salamanca como fray Luis de León, que la admiró tanto que editó sus obras en el siglo XVI y se embarcó en la misión de escribir su biografía, una tarea inconclusa por su muerte, o fascinar a un joven San Juan de la Cruz, al que convence para refundar la orden. “No sabía bien latín, pero era una lectora voraz. Su madre leía a escondidas de su padre libros de caballerías y Teresa, también. Leía además libros de santos, quería hacerse martirizar como ellos, pero no hay que ver en esto una prematura vocación religiosa sino el afán de una niña de imitar a los personajes de las historias”, destaca Rosa Navarro, filóloga y catedrática de Literatura Española en la Universidad de Barcelona.

Juan Dobado y Rosa Navarro son los comisarios que han puesto en pie Teresa de Jesús. La prueba de la verdad, la exposición organizada por la Biblioteca Nacional de España y Acción Cultural Española, inaugurada ayer por los Reyes, con motivo del quinto centenario del nacimiento de la escritora. A través de 110 obras, que incluyen cuadros, manuscritos, cartas, esculturas y objetos personales usados por la religiosa como su tintero, los visitantes se podrán asomar a la sobresaliente personalidad de una mujer que hizo varias revoluciones a un tiempo: la de su congregación y la de las letras. En ambas buscó sencillez y cercanía. Dijo de ella Gerardo Diego: “Escribe no tanto como habla, sino como es”.

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Dominique, el drama de la sor cantante

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Lola Romero

Esta es la trágica y asombrosa historia de una monja que conoció la fama, a pesar de sus votos religiosos, quiso vivir su vida con la mujer que amaba, y tuvo un triste final. Es una de esas historias reales que quedan en el olvido, aun mereciendo ser recordadas siquiera por los inesperados giros en una vida de reclusión y por marcar un hito en ciertos ambientes muy cerrados. Y la historia de una canción, que consiguió millones de ventas de discos, y que aún repiten los niños en escuelas o en iglesias. Una canción que figura ya en el folclore popular ¿Quién no ha oído alguna vez la pegadiza melodía de “Dominique”?[1] He aquí la historia de su creadora.

Un frío día de octubre de 1933, Jeanne-Paule Marie Deckers, o Jeannine Deckers, nacía en la ciudad de Bruselas (Bélgica), en el seno de una familia estricta y agobiante. Ella misma calificaba su infancia de gris, y siendo muy joven se vio abocada a un compromiso matrimonial que no acababa de agradarle. Renunciando a casarse, provocó tal presión por parte de su familia que prefirió profesar como religiosa en un convento, para huir del autoritarismo familiar.

Fue en el convento de las dominicas, siendo ya la Hermana Luc-Gabriel, cuando empezó a refugiarse en la música y a crear sus propias composiciones. Unos años más tarde, la madre superiora de su congregación resolvió que su voz y sus canciones podrían reportar beneficios al convento, y la convenció para grabar un disco con la discográfica Philips, uno de los sellos más prestigiosos de la época de los años 60. Efectivamente, firmó un contrato con esa discográfica, en el que renunciaba a sus derechos como autora e intérprete, cediéndolos a partes iguales entre el editor de su disco y el convento al que pertenecía. Lo que nadie podía prever era la popularidad que alcanzaría su canción “Dominique”.

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[1] https://www.youtube.com/watch?v=EO7cD6qmydo&feature=fvwrel

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