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Las cartas de profesión del convento del Císter de Málaga: un documento entre la devoción, el derecho y el arte

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Rosario Camacho Martínez

Dialnet-LasCartasDeProfesionDelConventoDelCisterDeMalaga-1180047En el ámbito de las relaciones sociales en la Edad Moderna las mujeres ocupan un espacio relevante en la construcción de la sociedad, predominantemente en el interior de dos perímetros: la familia y el convento, ámbitos que no se contraponen, sino que se unen por un denso intercambio de funciones. Pero también el convento supone aislamiento, la clausura física se transforma en un universo aislado del estímulo exterior, y para alcanzar la satisfacción de esta espiritualidad el único camino es el de la mística, que logran los que con libre voluntad y amor a Dios obtienen de éste la gracia de la contemplación.

La razón fundamental por la que una mujer entraba en religión era, y es, la vocación, la atracción espiritual por la vida de oración, común o privada, penitencia, caridad, contemplación y unión mística con Dios; por tanto, el acceso a un monasterio era elegido libre y voluntariamente. Pero en la España del antiguo régimen también otras razones matizaban o suplían a la citada, como que el estado religioso se consideraba superior al de casada y era fomentado tratando de mostrar sus ventajas frente a los inconvenientes de la vida de casada, de ahí que también muchas indecisas optaran por la vida religiosa, porque el convento se había convertido en el espacio ideal para salvaguardar la honestidad y la virginidad de las jóvenes, que la sociedad tenía en la más alta consideración. La castidad era prenda de virtud, demasiado valiosa para ser dejada al cuidado de «esa cosa frágil y deleznable que llamamos mujer», clara expresión del pensamiento misógino de la época, por mucho que sea una cita de Fray Luis de León.

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Monjas músicas y música de monjas en los conventos franciscanos de Toledo, siglos XVI-XVIII

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Colleen R. Baade

De los veinte monasterios femeninos que se hallaban en la ciudad de Toledo a principios del siglo XVI, eran seis los que pertenecían a la orden de San Francisco y Santa Clara. La primera comunidad toledana de monjas franciscanas tuvo sus orígenes en un convento extramuros, cuya escritura fundacional data de mitades del siglo XIII; un siglo más tarde las monjas del convento de Santa María y San Damián se trasladaron a las casas que todavía ocupa el actual Monasterio de Santa Clara la Real, cuya fecha de fundación se fija en 1373. Una segunda fundación real de franciscanas, bajo la advocación de Santa Isabel de Hungría, se efectuó poco más de un siglo después, en 1477. El Monasterio de Santa Isabel de los Reyes –el que también persiste hasta nuestros días– fue seguido en 1492 por San Miguel de los Ángeles, suprimido este último en 1851. Finalmente, a principios del siglo XVI el número se completó con tres fundaciones de monasterios de franciscanas terciarias -Santa Ana (1513), San Antonio de Padua (1514) y San Juan de la Penitencia (1514)-de los que únicamente sobrevive la segunda. Para cinco de estos conventos –con excepción del convento de Santa Ana– existen pruebas de una actividad musical significativa durante la Edad Moderna[1].

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[1] Fuente: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3713982

El discurso del cine sobre las mujeres docentes y monjas

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Felicidad Loscertales Abril, Lucía Sell Trujillo y Roberto Martínez Pecino[1]

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bells_of_st_mary_s-673550451-largeLa educación de la prole ha sido siempre una de las tareas propias de las mujeres de manera que cuando la docencia se han ido institucionalizando, más o menos pronto y con más o menos inconvenientes, las mujeres han ocupado puestos en la docencia profesional. Pero aún hay más: las instituciones religiosas han sido durante mucho tiempo elementos subsidiarios de la educación institucional mientras que el “estado” y los poderes públicos laicos no alcanzaban a generalizar sus sistemas educativos para que atendiesen a toda la población infantil y juvenil que estaba en edad de educarse. De nuevo, en estas tareas abundan las mujeres, monjas en este caso. Los hombres “de iglesia” también se han implicado en las tareas educativas y es interesante ver las diferencias existentes entre ambos colectivos no tanto por las diferencias psicobiológicas del sexo sino, y sobre todo por la imagen social y los “mandatos” del género. En definitiva, puede afirmarse que las mujeres profesoras y, al mismo tiempo, monjas pertenecen ya al imaginario colectivo pero sus problemas y dificultades tanto personales como profesionales son poco conocidos y menos aún considerados y tratados.

Hemos trabajado el tema cine y docencia desde hace tiempo (Loscertales y Nuñez, 2001, 2006, 2007, Loscertales, F. 2007, Loscertales, F. y Bonilla, J. 2009) y nuestra experiencia nos hace afirmar que una película es un magnífico espejo en el que aprender mucho: de las personas, de las profesiones, en suma: de la sociedad en que vivimos. Por eso queremos mostrar aquí algunos de los hallazgos y aportaciones que tenemos en nuestra línea de investigación sobre “La mirada del cine sobre la enseñanza y sus profesionales”. Dentro de este trabajo, nos estamos ocupando ahora de analizar la imagen que el cine proporciona de las mujeres docentes (Loscertales 2008) porque no se puede obviar el hecho de que la docencia es una ocupación laboral mayoritariamente ocupada por mujeres, sobre todo en los niveles no universitarios. En efecto, hay muchas películas que muestran esta presencia. Para citar algunos ejemplos relevantes a lo largo de la historia del cine, podríamos remontarnos a la desdichada profesora (Joanne Woodward) de “Rachel, Rachel” (Paul Newman 1968) para seguir con la inefable profesora (Katharine Hepburn) de “El trigo está verde” dirigida por George Cuckor (1979) y la docente (Michelle Pfeiffer) que logra imponerse a una clase rebelde porque es “marine” de los EE.UU. y luego los conquista con la belleza de la literatura en “Mentes peligrosas” (John N. Smith 1995), hasta llegar a la hermana Aloysius (Meryl Streep), esa monja terrible y severa que, en “La Duda” (John Patrick Shanley, 2008) nos va a introducir en el tema de esta investigación: las profesoras-monjas y los problemas de ese doble rol que les va a generar, no solo los problemas habituales del mundo docente, sino también conflictos de identidad (Loscertales et al. 2011) nuevos, más complejos y más difíciles. Estos problemas nos presentan a “una mujer dolorosamente incompleta, a la que se le niega la gratificación última de la realización personal” (Sell Trujillo et al. 2011).

En el cine sobre el mundo docente el profesorado se encuentra en todo tipo de modelos y tamaños: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, activistas políticos y pasotas absolutos, preparados o ineptos. Dentro de toda esta gama encontramos a un número no despreciable de profesorado que tienen además la condición de eclesiásticos: monjas, frailes, sacerdotes. Este hecho no es de extrañar puesto que la educación, o al menos parte de ella ha sido asumida por las diversas Iglesias en sus propios centros o por personas que han “profesado” en órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza, y tantos otros casos semejantes. El tipo de actitudes, problemas, etc., es muy diferente en profesoras y profesores aun dentro de la homogeneidad que le puede dar el hecho de ser “religiosos”. Para el conjunto de ambos sexos hay ciertos estereotipos comunes, pero los más interesantes para nuestra investigación son los que se atribuyen específicamente a las mujeres monjas en sus tareas de educación y enseñanza.

Por todo ello, en este trabajo nos vamos a centrar en el análisis de mujeres que son profesoras y además monjas.

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 [1] Localización: Investigación y género, inseparables en el presente y en el futuro: IV Congreso Universitario Nacional “Investigación y Género” : Sevilla, 21 y 22 de junio de 2012 / coord. por Isabel Vázquez Bermúdez, 2012, ISBN 9788495499875, págs. 1023-1040.

Teresa Díez “me fecit” o la aproximación a un misterio

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Raquel Fernández Díez

María del Pilar Alonso Villar

Teresa Díez copiar“Teresa Diez me fecit”

Detrás de esta frase se oculta uno de los grandes misterios del arte español, pues ha planteado más interrogantes que respuestas el saber quién se esconde detrás de esta expresión que apareció escrita en una de las pinturas murales del convento de Santa Clara de Toro.

Se puede desprender que estamos ante la primera gran pintora de nuestro arte o al contrario, pues dada la época en que se realizaron (siglo XIV) y su coyuntura política y social, no podemos imaginar a una mujer ejecutando, contratando, etc.

Si esto pensamos que no puede ser factible, e insisto, dado el contexto sociocultural, quizás nos resulte más plausible estar ante una donante, cosa que tampoco desmerecería su papel, pues con su aportación económica y quizás estética pudo contribuir a la elaboración de uno de los programas pictóricos más importantes e interesantes de la historia del arte español.

Tal vez la propia naturaleza de este congreso pueda arrojar luz a este misterio…

Misterio que nació cuando una religiosa del convento en 1952 se encontraba limpiando en el coro y vio caer parte del encalado del muro. A esta situación de sorpresa le seguiría otra mayor cuando vio aparecer bajo el encalado unas pinturas que una vez puestas al aire constituirían el ciclo pictórico dedicado a Santa Catalina de Alejandría.

El hallazgo se complementaría años después con el ciclo de San Juan Bautista, escenas relacionadas con la vida de Cristo, Epifanía, representaciones de varios santos y una gran figuración de San Cristóbal de la que sólo se conservan sus piernas siendo en este conjunto donde aparecerá, junto a un escudo, la frase objeto de este debate: “Teresa Diez me feçit”.

De la traducción literal podemos sacar una de las primeras cuestiones a debate que colocaría a Teresa Díez como la ejecutora de la obra y una de nuestras primeras pintoras.

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