Madre superiora

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Tamara de Lempicka

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Tamara de Lempicka (Varsovia, 16 de mayo de 1898 – Cuernavaca, México, 18 de marzo de 1898) pintó este cuadro en un momento muy difícil de su vida. Nada mejor que sus palabras para describir el proceso que le llevó a crear esta obra:

“Yo estaba muy deprimida… Me iré a un convento católico y me haré monja. Entonces podría pintar. Pero no quiero exponer, no quiero ver a nadie, no quiero tener éxito. Depresión, depresión nerviosa. Yo estaba en Italia, en Salsomaggiore. Y pregunté: «¿Dónde está el convento?» Y me dijeron: «Aquí, en Parma, cerca de Salsomaggiore» [Encontró el convento y conoció a las monjas.] Y me dijeron: «Siéntese, hija mía.» Me hizo mucho bien que me llamaran «hija mía». Yo estaba muy deprimida. Esperé, quizá, diez minutos, quizá veinte, no lo sé. Mucho rato. Después una señora mayor se acercó a la mesa y era ella. Era la madre superiora… Dijo: «Viens mon enfant… hija, la madre superiora está aquí.» [Le dije que] me llevara al convento. Pero de pronto me entraron ganas de pintar aquel rostro fantástico, la expresión de aquella mujer. Sus ojos eran de sufrimiento. No dije nada y me fui. Me fui sin decir palabra. Mi marido y yo estábamos a punto de salir para Norteamérica. Y cuando llegamos a Norteamérica, dije a mi marido: «Quiero pintar. No tengo estudio. Tengo que alquilar un estudio.» Y él dijo: «¿No puedes pintar aquí en el hotel?» Yo le dije: «No, no puedo.» Y a través de unos amigos pintores alquilé un estudio en Nueva York. Era la primera vez que iba a Nueva York. Y todos los días iba a aquel estudio viejo y sucio. Un sitio pobre / pero con buena luz. Cogí una silla como ésta. Cogí un trozo de tela negra y otro de tela blanca. Y la vi a ella… La madre superiora estaba allí. Sentada en la silla. Y yo hablaba con ella. Le decía: «La cabeza… un poco más a la izquierda… Muchísimas gracias, descansemos.» Me volví loca. Hablaba con ella, me figuraba que la tenía allí. Era como una luz. Yo la pintaba y hablaba con ella. Y mi marido decía: «Pero ¿dónde estás metida todo el día?» Yo le dije: «No te preocupes, estoy trabajando, estoy trabajando. Pasé tres semanas trabajando en esta pintura. Me parecía tenerla allí conmigo. Y a las tres semanas llegué al hotel con aquel cuadro pequeño y lo dejé en la habitación. Y dije a mi marido: «Voy a meterme en la cama. Si quieres verla, aquí tienes la pintura que he hecho.» Y me metí en mi dormitorio, cerré los ojos y no quise pensar en nada. Él estaba mirando la pintura y después entró en la habitación con lágrimas en los ojos. Y dijo: «Ahora veo en qué estabas trabajando. Has hecho la mejor pintura de tu vida.» Expuse la pintura y todos los museos querían comprarla.” (CLARIDGE, Laura. Tamara de Lempicka: una vida de déco y decadencia. Barcelona: Circe, 2001, pp. 217-218)

 

Las cartas de profesión del convento del Císter de Málaga: un documento entre la devoción, el derecho y el arte

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Rosario Camacho Martínez

Dialnet-LasCartasDeProfesionDelConventoDelCisterDeMalaga-1180047En el ámbito de las relaciones sociales en la Edad Moderna las mujeres ocupan un espacio relevante en la construcción de la sociedad, predominantemente en el interior de dos perímetros: la familia y el convento, ámbitos que no se contraponen, sino que se unen por un denso intercambio de funciones. Pero también el convento supone aislamiento, la clausura física se transforma en un universo aislado del estímulo exterior, y para alcanzar la satisfacción de esta espiritualidad el único camino es el de la mística, que logran los que con libre voluntad y amor a Dios obtienen de éste la gracia de la contemplación.

La razón fundamental por la que una mujer entraba en religión era, y es, la vocación, la atracción espiritual por la vida de oración, común o privada, penitencia, caridad, contemplación y unión mística con Dios; por tanto, el acceso a un monasterio era elegido libre y voluntariamente. Pero en la España del antiguo régimen también otras razones matizaban o suplían a la citada, como que el estado religioso se consideraba superior al de casada y era fomentado tratando de mostrar sus ventajas frente a los inconvenientes de la vida de casada, de ahí que también muchas indecisas optaran por la vida religiosa, porque el convento se había convertido en el espacio ideal para salvaguardar la honestidad y la virginidad de las jóvenes, que la sociedad tenía en la más alta consideración. La castidad era prenda de virtud, demasiado valiosa para ser dejada al cuidado de «esa cosa frágil y deleznable que llamamos mujer», clara expresión del pensamiento misógino de la época, por mucho que sea una cita de Fray Luis de León.

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Monjas músicas y música de monjas en los conventos franciscanos de Toledo, siglos XVI-XVIII

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Colleen R. Baade

De los veinte monasterios femeninos que se hallaban en la ciudad de Toledo a principios del siglo XVI, eran seis los que pertenecían a la orden de San Francisco y Santa Clara. La primera comunidad toledana de monjas franciscanas tuvo sus orígenes en un convento extramuros, cuya escritura fundacional data de mitades del siglo XIII; un siglo más tarde las monjas del convento de Santa María y San Damián se trasladaron a las casas que todavía ocupa el actual Monasterio de Santa Clara la Real, cuya fecha de fundación se fija en 1373. Una segunda fundación real de franciscanas, bajo la advocación de Santa Isabel de Hungría, se efectuó poco más de un siglo después, en 1477. El Monasterio de Santa Isabel de los Reyes –el que también persiste hasta nuestros días– fue seguido en 1492 por San Miguel de los Ángeles, suprimido este último en 1851. Finalmente, a principios del siglo XVI el número se completó con tres fundaciones de monasterios de franciscanas terciarias -Santa Ana (1513), San Antonio de Padua (1514) y San Juan de la Penitencia (1514)-de los que únicamente sobrevive la segunda. Para cinco de estos conventos –con excepción del convento de Santa Ana– existen pruebas de una actividad musical significativa durante la Edad Moderna[1].

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[1] Fuente: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3713982

El discurso del cine sobre las mujeres docentes y monjas

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Felicidad Loscertales Abril, Lucía Sell Trujillo y Roberto Martínez Pecino[1]

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bells_of_st_mary_s-673550451-largeLa educación de la prole ha sido siempre una de las tareas propias de las mujeres de manera que cuando la docencia se han ido institucionalizando, más o menos pronto y con más o menos inconvenientes, las mujeres han ocupado puestos en la docencia profesional. Pero aún hay más: las instituciones religiosas han sido durante mucho tiempo elementos subsidiarios de la educación institucional mientras que el “estado” y los poderes públicos laicos no alcanzaban a generalizar sus sistemas educativos para que atendiesen a toda la población infantil y juvenil que estaba en edad de educarse. De nuevo, en estas tareas abundan las mujeres, monjas en este caso. Los hombres “de iglesia” también se han implicado en las tareas educativas y es interesante ver las diferencias existentes entre ambos colectivos no tanto por las diferencias psicobiológicas del sexo sino, y sobre todo por la imagen social y los “mandatos” del género. En definitiva, puede afirmarse que las mujeres profesoras y, al mismo tiempo, monjas pertenecen ya al imaginario colectivo pero sus problemas y dificultades tanto personales como profesionales son poco conocidos y menos aún considerados y tratados.

Hemos trabajado el tema cine y docencia desde hace tiempo (Loscertales y Nuñez, 2001, 2006, 2007, Loscertales, F. 2007, Loscertales, F. y Bonilla, J. 2009) y nuestra experiencia nos hace afirmar que una película es un magnífico espejo en el que aprender mucho: de las personas, de las profesiones, en suma: de la sociedad en que vivimos. Por eso queremos mostrar aquí algunos de los hallazgos y aportaciones que tenemos en nuestra línea de investigación sobre “La mirada del cine sobre la enseñanza y sus profesionales”. Dentro de este trabajo, nos estamos ocupando ahora de analizar la imagen que el cine proporciona de las mujeres docentes (Loscertales 2008) porque no se puede obviar el hecho de que la docencia es una ocupación laboral mayoritariamente ocupada por mujeres, sobre todo en los niveles no universitarios. En efecto, hay muchas películas que muestran esta presencia. Para citar algunos ejemplos relevantes a lo largo de la historia del cine, podríamos remontarnos a la desdichada profesora (Joanne Woodward) de “Rachel, Rachel” (Paul Newman 1968) para seguir con la inefable profesora (Katharine Hepburn) de “El trigo está verde” dirigida por George Cuckor (1979) y la docente (Michelle Pfeiffer) que logra imponerse a una clase rebelde porque es “marine” de los EE.UU. y luego los conquista con la belleza de la literatura en “Mentes peligrosas” (John N. Smith 1995), hasta llegar a la hermana Aloysius (Meryl Streep), esa monja terrible y severa que, en “La Duda” (John Patrick Shanley, 2008) nos va a introducir en el tema de esta investigación: las profesoras-monjas y los problemas de ese doble rol que les va a generar, no solo los problemas habituales del mundo docente, sino también conflictos de identidad (Loscertales et al. 2011) nuevos, más complejos y más difíciles. Estos problemas nos presentan a “una mujer dolorosamente incompleta, a la que se le niega la gratificación última de la realización personal” (Sell Trujillo et al. 2011).

En el cine sobre el mundo docente el profesorado se encuentra en todo tipo de modelos y tamaños: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, activistas políticos y pasotas absolutos, preparados o ineptos. Dentro de toda esta gama encontramos a un número no despreciable de profesorado que tienen además la condición de eclesiásticos: monjas, frailes, sacerdotes. Este hecho no es de extrañar puesto que la educación, o al menos parte de ella ha sido asumida por las diversas Iglesias en sus propios centros o por personas que han “profesado” en órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza, y tantos otros casos semejantes. El tipo de actitudes, problemas, etc., es muy diferente en profesoras y profesores aun dentro de la homogeneidad que le puede dar el hecho de ser “religiosos”. Para el conjunto de ambos sexos hay ciertos estereotipos comunes, pero los más interesantes para nuestra investigación son los que se atribuyen específicamente a las mujeres monjas en sus tareas de educación y enseñanza.

Por todo ello, en este trabajo nos vamos a centrar en el análisis de mujeres que son profesoras y además monjas.

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 [1] Localización: Investigación y género, inseparables en el presente y en el futuro: IV Congreso Universitario Nacional “Investigación y Género” : Sevilla, 21 y 22 de junio de 2012 / coord. por Isabel Vázquez Bermúdez, 2012, ISBN 9788495499875, págs. 1023-1040.

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