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‘Desveladas’, la web que quita los velos

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Por Fernando Cordero, 21rs.es
Un espacio de encuentro entre mujeres religiosas, monjas y laicas

“Desveladas” es una nueva web que ha surgido en una conversación entre religiosas amigas que se hacían preguntas sobre la invisibilidad de la vida religiosa femenina desde que las religiosas dejaron sus hábitos. La reflexión comenzó a propósito de la falta de vocaciones, pero pronto llevó a otras preguntas más relacionadas con la identidad de las religiosas, con el modo en que son vistas desde fuera, pero también desde dentro, por ellas mismas. Hemos dialogado con la responsable de esta nueva iniciativa digital, que ha querido permanecer en el anonimato.

¿Cuál es el objetivo de la web “Desveladas”?

Es difícil explicar en pocas palabras el objetivo de “Desveladas”, porque tiene varios. El primero, sin duda, aunque solo sea desde el punto de vista cronológico, es visibilizar la vida religiosa y monástica desde dentro y desde fuera, haciendo visibles, entre otras cosas, a las mujeres que la han hecho y la hacemos posible. Es un espacio de encuentro entre mujeres religiosas, monjas y laicas, que vamos desvelando ideas y experiencias, al tiempo que desvelamos las ideas y experiencias de otras religiosas y monjas. Es una ventana desde la que mirar la vida religiosa y monástica con una perspectiva caleidoscópica, múltiple y diversa. Es un lugar, también, para el encuentro con quienes visitan la web, a través de las secciones con formato blog, en las que se puede interactuar, sugerir, criticar, exponer, denunciar… Es una iniciativa que busca ahondar en lo más radical (de “raíz”) de la vida religiosa y monástica para mostrar todo su potencial profético. Es un proyecto basado en la esperanza en la vitalidad irreductible de una forma de vida llamada a transformarse, siempre y en todas las épocas, siendo cada vez más ella misma.

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Estar en vela. Las desveladas y las despiertas de la parábola de Mt 25,1-13

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¿Estar en vela es desvelar o desvelarse? Hay una parábola en el evangelio de Mateo, en ese capítulo increíble en el que imagina el juicio final con las ovejas y los cabritos, en términos de esa cotidianidad que es dar de comer, de beber, o vestir y visitar. En ella propone a dos grupos de mujeres, unas que saben velar y otras que no. Unas que consiguen estar despiertas y otras que se duermen. El texto tiene su aquel. Un grupo se mantiene despierto y el otro se descuida y, al final, se duerme.

Centrémonos en el grupo en vela, en las mujeres que mantienen sus lámparas encendidas a la espera del novio[1]. No son mujeres desveladas en el sentido de descubiertas. Más bien al contrario. Van en grupo, no se distingue a ninguna, ni al autor le importa. Son mujeres en vela, despiertas en medio de la noche.

Tradicionalmente esta parábola ha sido uno de los textos objeto de predicación a la Vida Religiosa… femenina –¿por qué, si es un texto del evangelio se hacen estos distingos de género?– y se les decía a las religiosas que han de ser como las vírgenes más listas –¡ah!, era por eso de las vírgenes por lo que no se aplicaba a los religiosos– que mantienen encendidas sus lámparas esperando al “esposo”, un Esposo al que se identificaba sin duda ninguna con Jesús, pues en un contexto donde predomina el supuesto de que el estado natural de las mujeres es el matrimonio, a las religiosas se las imagina como “esposas”, eso sí, espirituales y del Señor. Lo de los religiosos era otro cantar. Ellos siempre fueron célibes, mientras que nosotras siempre fuimos vírgenes. ¡Hay una diferencia! El caso es que velar, que es un verbo con mucha fuerza, según se mire, quedó reducido a la vela-espera de las mujeres respecto a sus maridos, aunque el esposo en este caso sea excepcional, al tratarse de Jesús, el Señor. Está claro que el texto no se entendió muy bien… y, mucho menos, su función en su contexto.

Las Desveladas entendemos más hondo el verbo velar y, cuando leemos la parábola con ese sentido, todo parece distinto. Nuevo. Hasta subversivo. Velar es hacer vela durante la noche. Es, en primer lugar, un verbo activo. Al verbo esperar hay que añadirle algo que determine si se trata de una espera pasiva o activa, pero el verbo velar es activo; activo del todo. Además, implica hacer algo completamente opuesto a lo que hace el resto de la gente en ese tiempo: estar despiertas, cuando todo el mundo duerme. Estar despiertas y alumbradas cuando predominan el sueño y la oscuridad. Es un grupo que sabe lo que significa velar y no improvisa. Trae el combustible, incluso con repuesto, por si acaso: son mujeres previsoras ante lo imprevisto. Conocen la noche. Saben como hay que estar en ella. La noche de la parábola es un símil de la incertidumbre, pues no saben a qué hora vendrá el que esperan, o lo que esperan. Por eso llevan con ellas lo único que puede combatir la noche y el tedio de la espera: lámparas, aceite y, sobre todo, compañía. En esta vela solo hay una certeza: el novio va a venir. Lo demás es incertidumbre. El grupo que vela afronta la incertidumbre con los recursos que tiene: los mínimos, los suficientes. La parábola termina bien para ellas, pues en un momento determinado de la noche llega el novio y ellas entran a las bodas[2].

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Preguntas para desvelarse

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Hay, en castellano, dos verbos velar, ambos provenientes del latín: uno, de velare; otro, de vigilare. Así, velar puede significar, entre otras cosas, “cubrir, ocultar a medias algo, atenuarlo, disimularlo, cubrir con velo”, y “estar sin dormir el tiempo destinado de ordinario para el sueño”. Hay también dos verbos desvelar: uno, de origen castellano, a partir de des-velar, y otro, del latín dis-evigilare. Mientras el primero significa “descubrir, poner de manifiesto”, es decir, “quitar el velo”, el segundo, curiosamente, no es lo contrario de “estar sin dormir”, sino “quitar, impedir el sueño, no dejar dormir”. Desveladas, por tanto, en cualquiera de sus acepciones, que son muchas, no tiene nada que ver con permanecer dormidas, ni ocultas.

Las desveladas somos las que nos quitamos los velos, las que queremos quitárnoslos: los velos que nos hemos ido poniendo y los que nos han puesto, a lo largo del tiempo; los que han permitido proyectar, sobre la vida religiosa y monástica femenina, sobre sus miembros, realidades que no pertenecen a nuestra vida, llenándola, llenándonos, de tópicos y de estereotipos que han pasado, incluso, a nuestra autoconciencia.

Estamos desveladas, es decir, despiertas, en vela, en estado de alerta, no en sentido catastrofista, sino bíblico; despiertas, como centinelas que anuncian el alba, que se adelantan a ella, centinelas en la noche que intentamos agudizar el sentido de la vista a fuerza de mirar en la lejanía, que queremos aprender y adquirir el hábito de la mirada centrada y suave que traspasa la realidad inmediata y logra ver más, mejor y más lejos la figura que hay en el fondo, en el trasfondo, la profundidad de la realidad; despiertas, haciendo día de la noche, poblando las tinieblas con la luz que extingue las oscuridades.

Estamos desveladas porque queremos vivir plenamente, porque amamos a D*s, a la humanidad, a nosotras mismas, a la tierra, al universo… Y, al amar, buscamos, y la búsqueda nos mantiene en vela, repletas de desvelos, de empeños, de sueños que soñamos no dormidas, sino despiertas, conscientes, con los pies en el suelo y sin miedo a la utopía, porque confiamos.

Quitar los velos, quitárnoslos nosotras, tomando la iniciativa, sin esperar a que alguien lo haga, es hacer visible la cara oculta y ocultada, la cara desconocida que se esconde bajo ellos, para permitir que se vea –que nosotras mismas, individual y comunitariamente, veamos– lo que somos y lo que queremos y podemos ofrecer y ofrecernos. Es desnudar y desnudarnos de todo el ropaje que cubre, ocultándolo, lo que somos, quiénes somos, una a una y en conjunto. Es hacernos conscientes de que, bajo lo que nos vela, incluso mientras nos vela, hay un ser desnudo, nosotras, que clama por Ser, porque en la vida religiosa y monástica se pone en juego, ponemos, el ser entero.

¿Quiénes somos? ¿Qué nos trajo a esta vida? ¿O habría que preguntar Quién? Y si es así, ¿Quién o qué es Quién? ¿Quién o qué es D*s? ¿Nos preguntamos por D*s? ¿Lo hicimos alguna vez, o siempre estuvo ahí, como un axioma, como una premisa incuestionable? ¿Ha estado ausente en alguna etapa de nuestra vida? ¿Nos hemos atrevido a dudar? ¿Nos han desvelado las preguntas? ¿Las tememos? ¿Qué forma tienen nuestros interrogantes sobre D*s, cuando nos permitimos hacerlos? ¿Aún buscamos a D*s? ¿Podemos permanecer en esta vida sin esa búsqueda diaria, cuando hay luz y cuando falta? ¿Es nuestra imagen de D*s un ídolo? ¿Estamos dispuestas a desnudar nuestra fe de las creencias adheridas?

En la sección Pido la palabra de esta web, hay un documento titulado “El fundamento de la Vida Religiosa”. La autora confiesa la imposibilidad de seguir haciendo teología de la vida religiosa sin el testimonio de las monjas y de las religiosas, sin sus preguntas por D*s, sin su experiencia de fe, más allá de las creencias. ¿Le daremos el material que necesita?

Desveladas

“Se les abrieron los ojos”: Eva, la primera desvelada

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La Vida Religiosa femenina permanece velada hacia dentro y hacia fuera. Queremos su desvelamiento. También deseamos sus desvelos. No se trata de ninguna novedad, sino de tomar conciencia de que desvelarse, en sus múltiples sentidos, puede ser un programa de honda tradición bíblica.

Hay un primer desvelamiento en el segundo relato de la creación. Comencemos por él, por el Génesis, por el principio. Recordemos el texto de Gn 3, 1-7.

Ya ha tenido lugar la creación del humano mediante el traspaso divino de su Ruah(1) a las narices de un ser elaborado manualmente con tierra y agua (barro) en un entorno en el que la vida brota en todo su esplendor. Solo le falta respirar. La divinidad sopla su propio Aliento, su Ruah, su Espíritu, en la humanidad que lo recibe y lo asume como don y como responsabilidad (le sopla su aliento y lo convierte en ser viviente) (2).  De ahí en adelante, el ser humano puede vivir, tiene la responsabilidad de respirar por sí mismo para seguir viviendo.

Ya ha tenido lugar, también, el despertar a sí mismo al reconocerse en otro ser humano: hueso de mis huesos y carne de mi carne. Varón y mujer, ambos de la misma especie, ambos semejantes y diferentes. El despertar del sueño de la inconsciencia lleva consigo un desvelamiento de sí y de los otros, de la otra, en este caso.

Ha tenido lugar, además, la prohibición divina de comer de un árbol concreto, de aquel que está en el centro del jardín, de un árbol especial. La prohibición prepara otro desvelamiento: la capacidad para elegir, el descubrimiento experiencial de la propia libertad y, por lo tanto, de la responsabilidad.

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Historia de un nombre

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Aunque hablaré en primera persona del singular, en realidad soy plural, como ratificará la firma. Voy a empezar con el nombre. El nombre nació, como una casualidad, de una conversación entre algunas religiosas amigas sin hábito ni velo. Hablábamos del “problema” vocacional (es decir, de la escasez de mujeres que hoy se apuntan a lo nuestro). Apareció lo evidente. Esa evidencia que nos está delante y ante la que permanecemos ciegas: que desde que nos quitamos el hábito no se nos ve, o sea, no se nos identifica de inmediato y con toda facilidad. Decíamos: casi mejor, porque el sucedáneo del hábito no siempre es digno. ¡Anda que no “canta”! Cuando aparece una mujer con esa pinta, todo el mundo sabe que es una religiosa (hablemos con propiedad: las “monjas” son las que viven en los monasterios). Y, claro, en seguida nos hicimos la pregunta del millón: si ahora no se nos ve, ¿cómo van a saber otras mujeres que somos religiosas y cómo podremos mostrarles lo que somos y que tengan, al menos, la posibilidad de elegir unirse a nosotras? “Estamos más veladas que antes”. Qué paradoja. Ahora que nos hemos quitado el velo, no se nos ve. ¿Qué podemos hacer? Está claro: desvelarnos. Como al paso, se nos ocurrió habilitar un espacio en la red para el desvelamiento. Poco a poco, seguimos diciendo, iremos descubriendo lo que queremos desvelar y cómo. En seguida, pasamos de las posibles vocaciones a toda la gente. ¡Por Dios, si no nos conoce nadie! Ni los eclesiásticos ni los indiferentes ni hombres ni mujeres de la calle… Y, seguíamos, hay una tremenda contradicción, pues la vida religiosa, por lo menos la femenina, todavía la más numerosa, es un estilo de vida público. Un lío. Nos tenemos que dar a conocer, pero sin tener que negar nuestra condición de mujeres, nuestra pertenencia a esta sociedad y cultura. Es un lío porque en el curso de la conversación nos dimos cuenta de algo bastante fuerte: que la invisibilidad como religiosas ha sido en buena medida consecuencia de la visibilidad de nuestra condición en cuerpo y alma (cuerpo, sobre todo) de mujeres. La ecuación era clara: religiosas=mujeres; mujeres=invisibles. Las que tenemos un compromiso con el resto de las mujeres, las de entre nosotras que somos feministas, nos quedamos bastante impresionadas. Nos dimos cuenta de que para desvelarnos teníamos que ratificar nuestro compromiso con las mujeres. Descubrimos nuestro destino común y nuestro objetivo común. A partir de este punto, cada cual manifestamos perspectivas diferentes, pues mientras que unas creemos que se trata de algo colectivo, otras pensamos que sigue siendo fundamental la conquista de la individualidad. Si eso es complicado para cualquier mujer, para la religiosa lo es multiplicado por diez. En fin, que decidimos llamar a la casa común “desveladas”. A los pocos días de este “acto fundacional” ya teníamos una larga e interesante lista de razones y sentidos sobre el nombre.

Nos hemos referido a las preguntas como desde fuera: se nos ve, no se nos ve, debemos manifestarnos, hay que desvelarse… El asunto, sin embargo, nos lleva un poco más lejos, pues al volver la pregunta reflexiva la cuestión es, si cabe, más seria. Mira que si tampoco nosotras nos “vemos”… mira que si no nos hemos desvelado… Decidimos no perder de vista que, tal vez, la invisibilidad sea el estado natural en el que nos hemos desenvuelto hace décadas; desde, quizás, los tiempos en que nos des-habitamos y nos des-velamos. Repito la paradoja: al des-velarnos nos hemos velado. ¿Es esto un hecho positivo? A priori y, en general, es osado pronunciarse.

Las desveladas que somos tenemos mucha miga. Esta palabra condensa muchos significados. De ellos, unos bíblicos y teológicos y otros políticos y hasta poéticos, nos ocuparemos otro día. Comienza el “streaptease”.

Desveladas