María José Ferrer Echávarri

Blog “En carne viva”, de 21rs

 

El pasado lunes, 20 de octubre, Paciencia Melgar dio una rueda de prensa con una repercusión mediática impresionante[1]. La causa de tan gran interés es que su plasma sanguíneo fue utilizado para tratar a Teresa Romero, quien contrajo el ébola cuando atendía al misionero Manuel García Viejo, repatriado desde Sierra Leona, donde se infectó con el virus, y fallecido el 25 de septiembre. Melgar fue, sin duda, la estrella del día, aunque la cosa empezó en Galilea, quiero decir en Monrovia (Liberia), concretamente en el Hospital de San José, en el que esta mujer de 47 años, nacida en la isla de Annobón (Guinea Ecuatorial) y religiosa de la congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción ha trabajado como enfermera once años.

Allí, atendiendo a enfermos de ébola, se contagió Paciencia prácticamente al mismo tiempo que el misionero Miguel Pajares, fallecido en Madrid el 12 de agosto, a los pocos días de haber sido repatriado. Y allí se quedó junto a otras/os compañeras/os también infectadas/os con el virus, como la congoleña Chantal Pascaline, de su misma congregación, ya que nuestro Gobierno no consideró que fueran responsabilidad suya, puesto que no tenían nacionalidad española.

El 9 de agosto, Chantal Pascaline murió y una ambulancia se llevó a Paciencia desde el Hospital de San José al de Elwa, a las afueras de Monrovia, un lugar de aislamiento para las/os desahuciadas/os del ébola en el que hay muy pocos medios materiales y humanos, pero muchas/os enfermas/os, un centro cuyos barracones no tienen ventanas, pero sí goteras, y donde el hacinamiento de pacientes y la escasez de personal hacen imposible, entre otras cosas, la necesaria higiene. Allí se enteró Paciendia de la muerte de Miguel Pajares, lo que paradójicamente le dio valor para no hundirse en la enfermedad. Allí, durante 16 días, luchó por sobrevivir, tomando multivitaminas y paracetamol, comiendo arroz con pollo, bebiendo medio litro de agua al día –no les dan más–, oliendo vómitos y heces, oyendo –y quizá profiriendo ella misma– gritos de dolor y de sed, y viendo cómo morían casi todas/os las/os enfermas/os con quienes compartía espacio y sufrimiento. Y lo logró. Fue una experiencia horrible cuyo recuerdo le quita a veces el sueño, pero a pesar de las pésimas condiciones sobrevivió al ébola y el 25 de agosto abandonó el hospital de Elwa con una sonrisa en la cara y un documento en la mano que certificaba que estaba curada.

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[1] http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/hermana-paciencia-forma-parte-del-grupo-inmunizados-puede-ayudar-tratamiento-otros-enfermos/2818666/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/noticias-24-horas/hermana-paciencia-cuyo-plasma-ayudado-auxiliar-ebola-dice-donaria-mas-veces/2818419/