por Lisa De Bode @lisadebode

(Traducción, Desveladas)

OCILLA, Ga. — La hermana Megan Rice saluda presionando la palma de la mano contra el cristal, dando la bienvenida con sus ojos azules a un visitante de la celda que está frente a la suya. Las lámparas iluminan su rostro oval enmarcado por un pelo corto blanco, semejante a un halo. Su uniforme –un mono de color verde, a rayas, zapatillas de deporte y una manta gris por encima de sus hombros– no es el típico de una monja católica romana, pero ella ve su estancia en el Centro de Detención del Condado de Inwin de Georgia como la respuesta a su vocación cristiana.

Megan RiceCon 83 años, Rice ha elegido las rejas para pasar el último capítulo de su vida.

Se enfrenta a una posible condena de 30 años de prisión por los cargos de interferencia en la seguridad nacional y daño a una propiedad federal, resultado de un acto de desobediencia civil cometido por ella en julio del año pasado.

Cansados tras la caminata por los bosques adyacentes al Y-12 National Security Complex, en Oak Ridge, Tennessee, que un día proveyó el uranio enriquecido para la bomba de Hiroshima, Megan Rice, Michael Walli y Gregory Boertje-Obed salpicaron de sangre las paredes, pusieron pancartas y golpearon con martillos “en rejas de arados”, una referencia bíblica de Isaías 2,4: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas”.

Puesto que irrumpieron en una instalación nuclear sensible, los tres activistas se prepararon para lo peor. “Somos muy conscientes de que podríamos haber muerto”, dice Rice.

No murieron, pero están encarcelados.

Ver texto completo