Por María Ángeles López Romero

21: la revista cristiana de hoy

img6530-3-2Aún sufren estereotipos, soportan bromas de mal gusto, son subalternas, se las trata con diminutivos peyorativos y se las tutela. Pero ya no son monjitas sumisas y dóciles. Con o sin hábito, dentro y fuera de conventos y monasterios, las religiosas españolas rompen los esquemas, se rebelan, están preparadas para asumir nuevas tareas de responsabilidad en la Iglesia y acceder a los puestos de decisión. Han alcanzado la mayoría de edad y hablan desde la libertad.

Monjitas. No es difícil escuchar este término diminutivo cargado de connotación despectiva para denominar a las religiosas. No importa que sean muchas: 37.012 miembros en toda España repartidas en 302 congregaciones y asociaciones de vida apostólica, frente a los 11.472 religiosos de 106 instituciones masculinas. Que sean sobradamente adultas. Que entre ellas haya muchas mujeres bien preparadas, teólogas, profesoras, psicólogas, doctoras, escritoras, pintoras… y un largo etcétera de actividades en las que se desarrollan como personas. Aún tienen que soportar éste y otros estigmas. Monjita, monjil, monjona…

“Se nos ridiculiza y se nos caricaturiza como mujeres bastante ingenuas, serviles, alejadas de la realidad y encerradas en nuestro mundo”, reconoce la vicepresidenta de la Conferencia Española de Religiosos (Confer), Margarita Bofarull. Y aunque piensa que la realidad se va imponiendo a los estereotipos, todavía se oye decir cosas como que “las monjas son complicadas porque soportan dos reglas: la de las mujeres y la de su orden”. O que “las monjas se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas”.

“Ay, nos duelen esas expresiones despectivas que escuchamos. Como también nos duele que la gente se sorprenda de que una persona ‘normal’ esté en un convento. Parece que tenemos que ser tontas o que nos haya dejado el novio. No fue porque lo decidieron mis padres, ni por mi incapacidad mental, ni por ser poco agraciada por lo que estoy aquí. Somos personas normales”, arguye Mª Teresa Pandelet, abadesa del convento de las clarisas Santa María de Jesús de Ávila. Hablar con esta sevillana de 60 años rompe los esquemas. Nada que ver con una mujer sumisa, dócil o sometida. Nada que ver con la escena de monjas limpiando el altar ante un montón de hombres, sacerdotes y obispos, mirando, que escandalizó a la opinión pública durante la visita de Benedicto XVI a Barcelona en 2010 para consagrar la Sagrada Familia.

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