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Razones para hacer huelga en la Iglesia (I)

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Dolores Aleixandre, rscj

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COMPRENSIÓN EN DIFERIDO

“Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, lo entenderás después”. Se lo dijo aquella noche Jesús a Pedro cuando se resistía a dejarse lavar los pies intuyendo, porque tonto no era,  que como entrara por ahí  iba a salir perdiendo. El Maestro no debía  sentirse con ánimos para ponerse a convencerle, lo había intentado ya muchas veces con resultados nulos. “-Vale Pedro, no vamos a seguir discutiendo. Te lavo y punto. A lo mejor activando el modo-ausencia consigo que entiendas algo de lo que llevo tanto tiempo explicándote. Somos amigos, te quiero mucho y trabajamos bien juntos, pero no hay manera de que te sacudas ese aire de superioridad, esa manía de mirar por encima del hombro a los demás y no digamos a las mujeres,  esa pretensión tonta de creerte superior,  ese dedo tieso con el que te empeñas en  imponer, dictaminar, amonestar y sentar cátedra. A lo mejor, cuando yo ya no esté cerca, caerás en la cuenta de que por ahí no vas a ninguna parte, te bajarás de tu trono de pacotilla, soltarás esa corona de cartón y empezarás a reírte  de las prebendas, los escalafones y las regalías. Te aseguro que desde abajo y con el delantal puesto, todo cambia a mejor. Y además en esta comunidad en la que vas a estar de roca, compartir delantales es una condición indispensable. Y no sigo porque se nos está echando la noche encima y además se enfría el cordero”.

Por ahí va este juego de desaparecer un día, quitarnos de en medio y dejar huecos y vacíos. Quizá favorezca una “comprensión diferida” y sirva para caer en la cuenta de que la exclusión de las mujeres en la Iglesia  no  beneficia a nadie y que la tarea del Reino no sale ganando con ella, sino que queda incompleta y distorsionada, privada de la novedad y la fecundidad de una aportación distinta. Estamos convencidas de que los grandes perdedores en este sistema son los propios hombres porque no hay peor engaño que creerse autosuficientes y superiores; no hay suerte más triste que la de ejercer la fuerza como dominio o como manipulación; no hay pérdida más empobrecedora que la de privarse de la aportación de lo di­ferente.

“Gritarán las piedras” había dicho Habacuc y  Jesús se apropió de sus palabras. Ojalá nuestra ausencia de un día sirva para que dé gritos en la Iglesia esa otra ausencia nuestra, tan crónica ya y tan muda. Porque además ese cordero del que solemos encargarnos  (vete a comprarlo, carga con él, alíñalo, ásalo, que no te quede crudo, sírvelo, friega después el horno…), está empezado a enfriarse.

Fuente: Asociación de Teólogas Españolas

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Lo mejor del concilio

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Dolores Aleixandre
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Cuando empezó el Concilio yo llevaba una cofia almidonada de campesina borgoñona del s. XVIII que sobresalía por los lados y sólo me permitía mirar de frente. Al acabar el Concilio, la habíamos cambiado por otra que se ajustaba a la cabeza y hacía ya posible una mirada panorámica: todo un símbolo de la ampliación de visión y ensanchamiento de horizontes que se vivía a nivel eclesial.

Lo mejor del Concilio creo que fue permitirnos vivir la experiencia de que lo que parecía inmutable, mutaba, lo atado se desataba y lo petrificado se derretía. Y eso grabó en nuestras conciencias la convicción de que lo esencial del Evangelio es muy poco y casi todo lo demás es cuestionable, reversible y adaptable.

Se desmoronaban las murallas de la Jericó eclesial y se invitaba a todos pasear por sus parques y avenidas: la llamada a la santidad dejaba de ser propiedad privada de clérigos y religiosos y se convertía en una vocación universal que nos igualaba a todos.

La Biblia, considerada libro sagrado e inaccesible en vitrinas herméticas, se convertía en Palabra viviente, se instalaba en la mesa camilla de nuestra casa y viajaba con nosotros en transporte público. La liturgia se sacudía las sandalias de tanto polvo de rituales arcanos y vestimentas extrañas y la Eucaristía volvía a ser Pan roto y compartido que circulaba en la comunidad de hermanos y hermanas.

¿Lo peor? La falta de estrategias pedagógicas para explicar los cambios y un optimismo demasiado ingenuo y poco previsor: impidió calcular el poder que iban a seguir ejerciendo los sectores reacios al Concilio que, con la curia vaticana a la cabeza, ejercían mando en plaza y tenían en su mano la palanca del freno.

¿Qué cambió?

Dejar de mirar el mundo alejándose irremisiblemente de Dios y amenazando a la Iglesia: nos invitaron a contemplarlo confiando en la presencia fiel de Dios y de su amor irrevocable a la humanidad.

Llamar a la Iglesia “Pueblo de Dios” consiguió que le caducara el código de barras al anterior “modelo piramidal”. Esta nueva imagen conecta tanto con la propuesta evangélica de circularidad fraterna (en la que la silla del Padre vacía, en expresión feliz de Carlos Domínguez) que sigue manteniendo su poder de atracción a pesar de los intentos de sofocarla.

Ha emergido la dignidad de la conciencia, con la belleza de Eva en el jardín de la creación y han salido huyendo como sabandijas un sin fin de normas, rúbricas, prescripciones y observancias inverosímiles que se habían ido colando por las rendijas de la praxis cristiana.

Habían ejercido su ridículo poderío más tiempo del conveniente con la ventaja para el estamento clerical de que dejaban en sus manos el control de las conciencias: no hay más que recordar aquellas confesiones del “sonsáqueme, padre”, respondiendo a preguntas infames tipo “cuántas veces” y “con quién” que le amargaron la infancia a más de uno.

Ahora intentan volver a colarse y unos cuantos estarían encantados de su retorno, pero la conciencia cristiana adulta se ha enderezado como aquella mujer encorvada del Evangelio: ya no estamos dispuestos a perder el estatuto de los hijos para recaer en la sumisión de los siervos o en el infantilismo de los menores de edad.

En cuanto a los frenos y retrocesos y más allá de la responsabilidad de la jerarquía, que tiene su cuota, también otros hemos puesto trabas al fluir del torrente conciliar. La generación de los que vivimos aquellos cambios corremos el peligro de sacralizarlos sin admitir que se pongan en cuestión. Tenemos que ser más flexibles y estar dispuestos a someter a discernimiento los “formatos” en que hemos vivido el Concilio, aceptando que muchos de ellos necesitan de nuevo “aggiornamento”.

Pobres de nosotros si nos volvemos tan “ultras” como los que, del otro lado, se cerraron y se siguen cerrando a moverse de sus posturas.

Dolores Aleixandre

El Ciervo, Octubre 2012