Mientras todavía hay tiempo… De Juana de Arco a Helder Câmara

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Ivone Gebara

Adital

La prensa nacional e internacional ha informado este año del inicio del proceso de beatificación de Dom Helder Câmara como una buena noticia para muchos. Las noticias desde Recife se divulgan al mundo casi en tiempo real. Una misa solemne marca el inicio del proceso de beatificación, un proceso aprobado rápidamente por el Vaticano también para asombro de muchos.

Aunque sabemos que hay un buen grupo que condenaba las acciones de Dom Helder como obispo y aún continúa condenándolo como candidato a beato y quizá santo, creo que la mayoría de los comentarios van en la línea de una aprobación entusiasta de su nombre. Están convencidos de que la Iglesia católica encabezada por el Papa Francisco está en un extraordinario momento de reconocimiento de profetas contemporáneos y sella esta actitud elevándolos a los altares. Hace también justicia a lo que simbolizan en la lucha por los derechos humanos y el cuidado evangélico de los pobres. Tengo muchos amigos y amigas que forman parte de ese grupo de entusiastas y eso me coloca en una posición delicada ante ellos por abrir brechas en su entusiasmo pensando de otra manera. Pero creo, asimismo, que es importante reflexionar un poco más sobre las consecuencias de la beatificación. Propongo este breve texto para abrir un diálogo con los lectores y lectoras como quien conoció a D. Helder y trabajó durante muchos años en la Archidiócesis de Olinda y Recife. Pensar hace bien incluso cuando socava algunas certezas que imaginábamos tranquilas.

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Cuando los señoritos preñaban a las criadas

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Isabel Gómez-Acebo

Blog Cajón de ilusiones, www.21rs.es

Todos conocemos historias de un pasado bastante reciente en que, cuando el señorito preñaba a la criada, ésta tenía todas las de perder. Perdía el trabajo, el honor y se quedaba en la calle como madre soltera sin recursos, lo que la abocaba a la prostitución. Pero ¿qué sucede cuando el señorito es sacerdote? Con las amas de cura no solía haber problemas porque las dos partes estaban de acuerdo ya que gozaban de beneficios mutuos.

Mucho más serio es cuando el sacerdote abusa de su poder con una feligresa o con una monja que es el caso que traigo a este blog porque Vida Nueva (número 2945 del 13- 19 de junio) alude al problema en su revista. Y me pregunto si lo hace, porque acabado el escándalo de la pedofilia toca ahora terminar con esta impunidad sangrante.

Refresco la memoria a los que no conozcan los hechos y que salieron a la luz tras los informes de varias religiosas, especialmente el de la hermana Maura O’Donohue de las Misioneras Médicas de África en 1994 y sor Mary McDonald de las Misioneras de Nuestra Señora de África en 1998. Estos textos hablan de abusos clericales en 23 países pero especialmente en el continente africano y que fueron mal tratados, una vez más, por los obispos. Uno de ellos alegó que en el contexto de su país “el celibato exige no contraer matrimonio lo que no quiere decir que los sacerdotes no tengan hijos”.

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Una monja en el prostíbulo

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Natalia Junquera

elpais.com, 28 de mayo de 2015

Un grupo de monjas hace ruta todas las semanas por clubs de alterne, carreteras, cortijos y pisos de Almería donde se ejerce la prostitución. Son adoratrices y oblatas que hace años que no se ponen el hábito y viajan en una furgoneta en la que, a veces, se producen milagros. En la parte trasera de ese vehículo, habilitada como un pequeño salón en el que las religiosas reparten café y preservativos, se han transformado vidas enteras; las de decenas de mujeres obligadas a vender su cuerpo por redes mafiosas o por pura desesperación. La ruta termina en una casa de acogida cuyo domicilio es confidencial, por seguridad. Reciben a EL PAÍS con la condición de no revelar esa ubicación ni la identidad de sus inquilinas.

“Me engañó un gitano rumano”, relata Erika, víctima de trata. Ella tenía entonces 12 años; él, 27. “Me dijo que vendríamos a España, que yo podría trabajar de limpiadora…”. Con 14 se quedó embarazada. “Así que me vendió a otro gitano rumano”. Erika no sabe por cuánto dinero, pero sí sabe que le engañó, porque cuando su nuevo dueño descubrió que iba a ser madre, la molió a palos para intentar provocarle un aborto. No lo consiguió y ella regresó a su país, Rumanía, para dar a luz. “Ese mismo día, el gitano que me había traído a España se presentó en el hospital y me dijo: ‘Tú eres mía”. Se la llevó. “Me obligó a trabajar enseguida. La mujer de mi padre se quedó con mi niña”. De vuelta en España, le obligaba a darle 300 euros al día. “Si no los conseguía, me pegaba una paliza”. La torturaba metiendo su cabeza en el frigorífico e intentando cerrar la puerta. En una ocasión, le rajó los muslos con un cuchillo y chorreando sangre, la obligó a tener relaciones sexuales con él. “Un cliente me animó a denunciar a la policía”. El juicio está pendiente y Erika, que ahora tiene 24 años, ya no vive en la casa de acogida. La monja María José Palomino recuerda que el día que la conoció se puso enferma; era la forma en que su cuerpo rechazaba aquel inacabable recuento de “perrerías”.

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¿Y si nos transformamos?

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Carmiña Navia Velasco

 

A propósito del año propuesto como de la vida consagrada o religiosa circulan diferentes artículos, revistas y hasta libros sobre el tema. Como es claro que las palabras suscitan palabras y se invitan unas a otras, la reflexión aumenta y crece. Voy a compartir en este texto algunas inquietudes, algunas intuiciones.

Empiezo por decir que como la amiga entrevistada por Ivone Gebara[1] yo tampoco sé mucho o casi nada. Y firmo con Dolores Aleixandre en el sentido de que, a pesar de las nostalgias, no pasa nada si desaparecemos[2]. En otra de las múltiples orillas desde las que se puede abordar el tema, miremos algunos elementos.

Hablar hoy de vida religiosa es tan complejo y puede resultar tan variado, como hablar de interculturalidad o de varios mundos simultáneos en la ciudad globalizada. Creo que podemos tener claro que por varias décadas y años la vida religiosa va a seguir existiendo tal cual la conocemos hoy y en sus formas más clásicas y tradicionales. Por supuesto, no en Europa o el norte de América, porque en estos países el cambio de paradigma en el que vivimos es grande. Pero sí en algunos países y sobre todo regiones de Latinoamérica, de Asia y de África, regiones en las que la cosmovisión que dio origen al modelo actual de vida consagrada subsiste y preside las explicaciones y las inquietudes de la vida en general.

Pero si nuestro horizonte es el futuro de la vida consagrada en lo que conocemos como la postmodernidad en Occidente y más allá, entonces podemos visualizar otros caminos, por cierto muy complejos y nada, nada claros. Vivimos en un horizonte con referencias y paradigmas muy distintos de los que sostuvieron culturalmente esta forma de vida.

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[1] En la web de Desveladas:

http://www.desveladas.org/b/desv/2015/04/20/a-proposito-del-ano-dedicado-a-la-vida-consagrada/

[2] Revista Vida Nueva, nº 2.923.

 

 

A propósito del año dedicado a la vida consagrada

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Ivone Gebara

 

El otro día le pregunté a una amiga, Hna. Tereza, de edad ya avanzada, qué era la vida religiosa hoy para ella. Y ella, pensativa, calló unos instantes y respondió: «No sé». Yo, inquieta y medio perpleja con la respuesta, reaccioné precipitadamente: «¿Cómo, después de tantos años de vida religiosa y con una hoja de servicios grande como la tuya, te atreves a responder que no sabes? ¿Estás decepcionada con tu largo camino o con tu opción de vida?» «No». ¿Te habría gustado tener otra vida?» «No». «¿Has perdido la esperanza en la lucha por la justicia y por la misericordia?» «No».

Ella se acomodó mejor en la silla, tomó un sorbo de té de hinojo, terminó el bizcocho que había empezado a comer, me sonrió y empezó a hablar:

No eres la primera persona que me hace esta pregunta. Religiosas jóvenes, sacerdotes, agentes de pastoral, periodistas, vecinas del barrio, ya me la hicieron. Cada uno espera que yo les conteste según su perspectiva y muchas veces acaban frustrados, como tú, porque respondo desde mi actual y contextual punto de vista. Decir «no sé» es bastante más difícil que retomar el texto del evangelio y decir que intento seguir la Buena Noticia de Jesús dentro de mis posibilidades. Decir «no sé» es más complicado que situarme a partir de las teologías del post Concilio Vaticano II. Decir «no sé» es más complicado que hablar de la opción por los pobres y del feminismo que abracé. Decir «no sé» tal vez es revelar una experiencia de intimidad conmigo misma que, si por un lado me constriñe, por otro, me libera. Esta postura me hace tener conciencia de las muchas muletas que usé y todavía uso para justificar mi vida, teniendo a la vez cierta conciencia de que eso forma parte de la vida humana. Buscamos teorías, ropajes, reglas hábitos, ejercicios, Concilios que nos den la seguridad de saber qué es y para qué sirve nuestra vida. Buscamos convencernos de que el camino del bien que escogimos no tiene ambigüedades ni contradicciones, que tenemos claridad sobre el evangelio y el seguimiento de la vida de Jesús. Hacemos muchas veces el papel del fariseo que se cree justificado. Queremos continuidad histórica y para eso queremos discípulas y discípulos que reproduzcan más o menos nuestra vida, como si la continuidad pudiese dar sentido a nuestro presente. Aunque digamos que no buscamos gloria ni prestigio, una y otro están presentes como si estuviesen embutidos en nuestro intento de servir a los demás. Creer que somos heraldos del Reino, que hacemos la voluntad de Dios, que anunciamos el Reino ya implica una gloria íntima, una presunción, un orgullo, una superioridad ética, aunque sea bastante pequeña. No siempre nos damos cuenta de que eso es la superficie de la vida, la moda del momento, el lenguaje del momento, tal vez incluso la ilusión o la frustración del momento».

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