¿Y si nos transformamos?

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Carmiña Navia Velasco

 

A propósito del año propuesto como de la vida consagrada o religiosa circulan diferentes artículos, revistas y hasta libros sobre el tema. Como es claro que las palabras suscitan palabras y se invitan unas a otras, la reflexión aumenta y crece. Voy a compartir en este texto algunas inquietudes, algunas intuiciones.

Empiezo por decir que como la amiga entrevistada por Ivone Gebara[1] yo tampoco sé mucho o casi nada. Y firmo con Dolores Aleixandre en el sentido de que, a pesar de las nostalgias, no pasa nada si desaparecemos[2]. En otra de las múltiples orillas desde las que se puede abordar el tema, miremos algunos elementos.

Hablar hoy de vida religiosa es tan complejo y puede resultar tan variado, como hablar de interculturalidad o de varios mundos simultáneos en la ciudad globalizada. Creo que podemos tener claro que por varias décadas y años la vida religiosa va a seguir existiendo tal cual la conocemos hoy y en sus formas más clásicas y tradicionales. Por supuesto, no en Europa o el norte de América, porque en estos países el cambio de paradigma en el que vivimos es grande. Pero sí en algunos países y sobre todo regiones de Latinoamérica, de Asia y de África, regiones en las que la cosmovisión que dio origen al modelo actual de vida consagrada subsiste y preside las explicaciones y las inquietudes de la vida en general.

Pero si nuestro horizonte es el futuro de la vida consagrada en lo que conocemos como la postmodernidad en Occidente y más allá, entonces podemos visualizar otros caminos, por cierto muy complejos y nada, nada claros. Vivimos en un horizonte con referencias y paradigmas muy distintos de los que sostuvieron culturalmente esta forma de vida.

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[1] En la web de Desveladas:

http://www.desveladas.org/b/desv/2015/04/20/a-proposito-del-ano-dedicado-a-la-vida-consagrada/

[2] Revista Vida Nueva, nº 2.923.

 

 

A propósito del año dedicado a la vida consagrada

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Ivone Gebara

 

El otro día le pregunté a una amiga, Hna. Tereza, de edad ya avanzada, qué era la vida religiosa hoy para ella. Y ella, pensativa, calló unos instantes y respondió: «No sé». Yo, inquieta y medio perpleja con la respuesta, reaccioné precipitadamente: «¿Cómo, después de tantos años de vida religiosa y con una hoja de servicios grande como la tuya, te atreves a responder que no sabes? ¿Estás decepcionada con tu largo camino o con tu opción de vida?» «No». ¿Te habría gustado tener otra vida?» «No». «¿Has perdido la esperanza en la lucha por la justicia y por la misericordia?» «No».

Ella se acomodó mejor en la silla, tomó un sorbo de té de hinojo, terminó el bizcocho que había empezado a comer, me sonrió y empezó a hablar:

No eres la primera persona que me hace esta pregunta. Religiosas jóvenes, sacerdotes, agentes de pastoral, periodistas, vecinas del barrio, ya me la hicieron. Cada uno espera que yo les conteste según su perspectiva y muchas veces acaban frustrados, como tú, porque respondo desde mi actual y contextual punto de vista. Decir «no sé» es bastante más difícil que retomar el texto del evangelio y decir que intento seguir la Buena Noticia de Jesús dentro de mis posibilidades. Decir «no sé» es más complicado que situarme a partir de las teologías del post Concilio Vaticano II. Decir «no sé» es más complicado que hablar de la opción por los pobres y del feminismo que abracé. Decir «no sé» tal vez es revelar una experiencia de intimidad conmigo misma que, si por un lado me constriñe, por otro, me libera. Esta postura me hace tener conciencia de las muchas muletas que usé y todavía uso para justificar mi vida, teniendo a la vez cierta conciencia de que eso forma parte de la vida humana. Buscamos teorías, ropajes, reglas hábitos, ejercicios, Concilios que nos den la seguridad de saber qué es y para qué sirve nuestra vida. Buscamos convencernos de que el camino del bien que escogimos no tiene ambigüedades ni contradicciones, que tenemos claridad sobre el evangelio y el seguimiento de la vida de Jesús. Hacemos muchas veces el papel del fariseo que se cree justificado. Queremos continuidad histórica y para eso queremos discípulas y discípulos que reproduzcan más o menos nuestra vida, como si la continuidad pudiese dar sentido a nuestro presente. Aunque digamos que no buscamos gloria ni prestigio, una y otro están presentes como si estuviesen embutidos en nuestro intento de servir a los demás. Creer que somos heraldos del Reino, que hacemos la voluntad de Dios, que anunciamos el Reino ya implica una gloria íntima, una presunción, un orgullo, una superioridad ética, aunque sea bastante pequeña. No siempre nos damos cuenta de que eso es la superficie de la vida, la moda del momento, el lenguaje del momento, tal vez incluso la ilusión o la frustración del momento».

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Las Adoratrices reciben el Premio Derechos Humanos Rey de España 2015

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El pasado 13 de abril, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, las Adoratrices recibieron el Premio Derechos Humanos Rey de España 2015, que les fue concedido por su ayuda a las mujeres víctimas de la trata y de la violencia machista. Se trata de un premio nacido de la colaboración entre el Defensor del Pueblo y la Universidad de Alcalá de Henares y de su actuación conjunta en la promoción, difusión, estudio y análisis de los derechos fundamentales. La primera edición del premio se entregó en 2005 y se convoca bienalmente.

 

Video de la ceremonia completa:

Entrega del premio, a partir del minuto 25:18

Discurso de la hermana Teresa Valenzuela, del minuto 26:18 al 36:36

https://www.youtube.com/watch?v=XBYknEvTvsg

Vídeo proyectado en la ceremonia sobre el trabajo de las Adoratrices:

https://www.youtube.com/watch?v=m9F_R1UKTeI

Discurso en PDF de la hermana Teresa Valenzuela, superiora general de las Adoratrices:

http://www.adoratrices.com/home/images/DISCURSO_PRONUNCIADO_POR_HERMANA_TERESA_VALENZUELA.pdf

 

 

¿Crisis o evolución? Algunas reflexiones sobre la vida consagrada

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María José Ferrer

Antes de exponer mi reflexión sobre la Vida Consagrada (VC), quiero mostrar mi contexto, pues condiciona mi perspectiva, y delimitar el tema. Soy una cristiana laica, feminista, de 53 años, filóloga, bibliotecaria y aficionada a la teología feminista. Sé más de la VC femenina que de la masculina, conozco de cerca la vida religiosa y la monástica y siempre he mirado la VC con interés y afecto. En cuanto al tema, bajo el epígrafe “Vida Consagrada” se acogen formas de vida diferentes, lo que dificulta las generalizaciones. Por otra parte, la referencia a la consagración no sirve para distinguir la VC de otras formas de vida cristiana, ya que quienes formamos la asamblea eclesial estamos consagradas/os por el bautismo. Además, hay que recordar que la mayoría de las/os consagradas/os viven en comunidad, que son más numerosas las mujeres que los varones y que la VC está atravesada por el sesgo de género, como la Iglesia y la sociedad, lo que se traduce en que ellos y ellas, de hecho, no viven igual.

¿Qué define a la VC y la diferencia de otras formas de vida cristiana? Creo que el elemento común a todas las formas de VC es la promesa (voto) que realizan sus miembros de seguir los llamados consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia (o similares), una promesa que ha de ser realizada públicamente y producir efectos canónicos para que se pueda hablar de VC como tal. Se trata, por tanto, de una realidad diversa e institucionalizada, inserta en la Iglesia y en la sociedad, a las que es permeable y con las que interactúa.

La historia de la VC es la de un fenómeno dinámico. Con el tiempo, las formas de VC se han multiplicado, evolucionado y transformado dando respuesta a las preguntas, necesidades y anhelos de la gente de cada época y su realidad circundante, tanto eclesial como social. Se ha renovado volviendo una y otra vez a sus orígenes evangélicos, actualizando sus carismas específicos, reinterpretando los textos fundacionales… Con mayor o menor protagonismo y acierto, de forma visible o latente, ha contribuido al desarrollo de la Iglesia y de la sociedad. Sin duda, ha habido tiempos “gloriosos” para la VC, y otros que se perciben más difíciles, como el actual.

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De vuelta a la “banalidad del mal”: reflexiones en torno a “Charlie Hebdo”

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 Ivone Gebara

 Adital

Cuando en 1963 Hannah Arendt publica el libro Eichmann en Jerusalén y aborda la cuestión de la “banalidad del mal” a partir del juicio del nazi Adolf Eichmann, muchos intelectuales y lectores encontraron su reflexión carente de sentido. De hecho, mucho antes de la publicación del libro, cuando sus textos eran artículos periodísticos publicados en The New Yorker, despertaron gran polémica y controversia. Consideraron una falta de respeto hablar de la “banalidad del mal” ante el criminal exterminio de tantos judíos. Eichmann, en realidad, era un hombre banal, cumplidor de su deber, que no dudó en seguir cumpliéndolo en los campos de exterminio, obedeciendo órdenes. Los lectores no entendieron a Hannah y hoy seguimos tan ignorantes como antes en lo relativo a la expresión “banalidad del mal” y a los acontecimientos actuales. Arendt simplemente quería reafirmar que hacer el mal es responsabilidad del ser humano y que no hay fuerzas superiores o una naturaleza diabólica que nos obliguen a quitar vidas, a robar, a adueñarnos de lo que no nos pertenece y a juzgarnos superiores unos a otros. La banalidad del mal consiste en las acciones destructivas de la vida, en lo que vivimos y observamos en la superficie visible de la historia. Se muestra a través de una cadena de relaciones y decisiones, de micro-poderes que acaban tornándose macro-poderes y fuerzas de aniquilación. La banalidad del mal es la alienación frente a las órdenes fundamentalistas, sean de derechas, de centro o de izquierdas. La banalidad del mal es nuestra vida cotidiana llena de odio hacia cosas pequeñas y grandes.

Hoy, siguiendo en la medida de lo posible los incidentes en torno a la revista satírica Charlie Hebdo y las muchas manifestaciones a propósito de la masacre, me vinieron a la mente algunas reflexiones inspiradas en Hannah Arendt. No solo es preciso reafirmar la “banalidad del mal”, sino afirmar cierto modo de defenderse contra el mal también como un mal.

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