Aunque hablaré en primera persona del singular, en realidad soy plural, como ratificará la firma. Voy a empezar con el nombre. El nombre nació, como una casualidad, de una conversación entre algunas religiosas amigas sin hábito ni velo. Hablábamos del “problema” vocacional (es decir, de la escasez de mujeres que hoy se apuntan a lo nuestro). Apareció lo evidente. Esa evidencia que nos está delante y ante la que permanecemos ciegas: que desde que nos quitamos el hábito no se nos ve, o sea, no se nos identifica de inmediato y con toda facilidad. Decíamos: casi mejor, porque el sucedáneo del hábito no siempre es digno. ¡Anda que no “canta”! Cuando aparece una mujer con esa pinta, todo el mundo sabe que es una religiosa (hablemos con propiedad: las “monjas” son las que viven en los monasterios). Y, claro, en seguida nos hicimos la pregunta del millón: si ahora no se nos ve, ¿cómo van a saber otras mujeres que somos religiosas y cómo podremos mostrarles lo que somos y que tengan, al menos, la posibilidad de elegir unirse a nosotras? “Estamos más veladas que antes”. Qué paradoja. Ahora que nos hemos quitado el velo, no se nos ve. ¿Qué podemos hacer? Está claro: desvelarnos. Como al paso, se nos ocurrió habilitar un espacio en la red para el desvelamiento. Poco a poco, seguimos diciendo, iremos descubriendo lo que queremos desvelar y cómo. En seguida, pasamos de las posibles vocaciones a toda la gente. ¡Por Dios, si no nos conoce nadie! Ni los eclesiásticos ni los indiferentes ni hombres ni mujeres de la calle… Y, seguíamos, hay una tremenda contradicción, pues la vida religiosa, por lo menos la femenina, todavía la más numerosa, es un estilo de vida público. Un lío. Nos tenemos que dar a conocer, pero sin tener que negar nuestra condición de mujeres, nuestra pertenencia a esta sociedad y cultura. Es un lío porque en el curso de la conversación nos dimos cuenta de algo bastante fuerte: que la invisibilidad como religiosas ha sido en buena medida consecuencia de la visibilidad de nuestra condición en cuerpo y alma (cuerpo, sobre todo) de mujeres. La ecuación era clara: religiosas=mujeres; mujeres=invisibles. Las que tenemos un compromiso con el resto de las mujeres, las de entre nosotras que somos feministas, nos quedamos bastante impresionadas. Nos dimos cuenta de que para desvelarnos teníamos que ratificar nuestro compromiso con las mujeres. Descubrimos nuestro destino común y nuestro objetivo común. A partir de este punto, cada cual manifestamos perspectivas diferentes, pues mientras que unas creemos que se trata de algo colectivo, otras pensamos que sigue siendo fundamental la conquista de la individualidad. Si eso es complicado para cualquier mujer, para la religiosa lo es multiplicado por diez. En fin, que decidimos llamar a la casa común “desveladas”. A los pocos días de este “acto fundacional” ya teníamos una larga e interesante lista de razones y sentidos sobre el nombre.

Nos hemos referido a las preguntas como desde fuera: se nos ve, no se nos ve, debemos manifestarnos, hay que desvelarse… El asunto, sin embargo, nos lleva un poco más lejos, pues al volver la pregunta reflexiva la cuestión es, si cabe, más seria. Mira que si tampoco nosotras nos “vemos”… mira que si no nos hemos desvelado… Decidimos no perder de vista que, tal vez, la invisibilidad sea el estado natural en el que nos hemos desenvuelto hace décadas; desde, quizás, los tiempos en que nos des-habitamos y nos des-velamos. Repito la paradoja: al des-velarnos nos hemos velado. ¿Es esto un hecho positivo? A priori y, en general, es osado pronunciarse.

Las desveladas que somos tenemos mucha miga. Esta palabra condensa muchos significados. De ellos, unos bíblicos y teológicos y otros políticos y hasta poéticos, nos ocuparemos otro día. Comienza el “streaptease”.

Desveladas