Daniel Enzetti

Cintia Suárez, escritora.

Investigó la vida de Mamá Antula, una laica que militó con los jesuitas y enfrentó al poder español. Similitudes con Carlos Mugica y Enrique Angelelli.

Su libro Mamá Antula rescata del olvido la figura de María Antonia de Paz y Figueroa, una laica que difundió las ideas jesuitas en la época colonial, y se enfrentó al poder español antes de la independencia. “Fue una verdadera revolucionaria de la ápoca -dice Cintia Suárez, nacida en Santiago del Estrero, como María Antonia-, a la que el poder trató de callar por ser mujer, por militar para la causa de los postergados, y sobre todo debido a su trabajo a favor de los humildes”. La investigación será presentada este jueves a las 18:00 en la Legislatura porteña, ubicada en Perú 160, con la presencia de la autora, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo y el legislador porteño Gustavo Vera. El trabajo coincide con el impulso especial que el Papa Francisco encabeza para canonizar a Mamá Antula, dentro de propuestas similares que también apuntan a convertir en santos a religiosos argentinos como Carlos Mugica y Enrique Angelelli.

–¿Cómo se acercó a lo que hizo María Antonia?

–Mi interés por ella empezó cuando me convocaron a escribir en un trabajo común, que buscaba similitudes entre personajes tapados por la historia oficial, como María Remedios del Valle, la única mujer dentro del ejército de Manuel Belgrano, o Juana de Austria, que se hizo pasar por hombre dentro de la orden de los jesuitas en su búsqueda por proteger a los humildes.

–Imagino que, además, de tener enfrente al poder español, el sólo hecho de ser mujer le debe haber costado caro…

–Por supuesto, la discriminación era terrible. Y encima, por su condición de laica, también le cerraban las puertas por no pertenecer de manera “oficial” a esa corriente. Mamá Antula prefirió no hacerse religiosa por estar en contra de los sistemas dogmáticos, pero sí realizó votos de castidad y de pobreza. Era de una personalidad avasallante, segura. En el 1700 vino caminando desde Santiago del Estero a Buenos Aires descalza, para que la corona española no prohibiera el trabajo social. Lo que demuestra que, más allá de las épocas, siempre los poderosos trataron de que los postergados no asomaran la cabeza.

–¿Por qué eligió a los jesuitas?

–Le impactó la sabiduría que tenían, su costado intelectual. Pensá que dentro de esa corriente había astrónomos, biólogos, matemáticos. Para María Antonia, la conciencia social se adquiría con el conocimiento, y los jesuitas tenían libros. En aquellos años, una mujer estaba destinada  a ser monja o a casarse, no existía ningún otro destino para ellas. Estudiar era mala palabra.

–¿Consiguió quebrar esa resistencia?

–Sí, porque finalmente, después de aquella incursión a Buenos Aires, causó tanto revuelo que el virrey Vértiz no tuvo otra alternativa que permitirle abrir una casa de ejercicios que aún hoy se conserva, en la esquina de Independencia y Lima. Tenía una imagen imponente, era alta, con grandes ojos azules, y vestía de negro. Por eso, más de una vez trataron de que la gente creyera que era bruja, para difamarla y censurar su trabajo social.

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