La Vida Religiosa femenina permanece velada hacia dentro y hacia fuera. Queremos su desvelamiento. También deseamos sus desvelos. No se trata de ninguna novedad, sino de tomar conciencia de que desvelarse, en sus múltiples sentidos, puede ser un programa de honda tradición bíblica.

Hay un primer desvelamiento en el segundo relato de la creación. Comencemos por él, por el Génesis, por el principio. Recordemos el texto de Gn 3, 1-7.

Ya ha tenido lugar la creación del humano mediante el traspaso divino de su Ruah(1) a las narices de un ser elaborado manualmente con tierra y agua (barro) en un entorno en el que la vida brota en todo su esplendor. Solo le falta respirar. La divinidad sopla su propio Aliento, su Ruah, su Espíritu, en la humanidad que lo recibe y lo asume como don y como responsabilidad (le sopla su aliento y lo convierte en ser viviente) (2).  De ahí en adelante, el ser humano puede vivir, tiene la responsabilidad de respirar por sí mismo para seguir viviendo.

Ya ha tenido lugar, también, el despertar a sí mismo al reconocerse en otro ser humano: hueso de mis huesos y carne de mi carne. Varón y mujer, ambos de la misma especie, ambos semejantes y diferentes. El despertar del sueño de la inconsciencia lleva consigo un desvelamiento de sí y de los otros, de la otra, en este caso.

Ha tenido lugar, además, la prohibición divina de comer de un árbol concreto, de aquel que está en el centro del jardín, de un árbol especial. La prohibición prepara otro desvelamiento: la capacidad para elegir, el descubrimiento experiencial de la propia libertad y, por lo tanto, de la responsabilidad.

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